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Pero el agua no perdona y la tierra no olvida.
FELIX CORTES CAMARILLO
febrero 9, 2018, 5:28 am

Ama la tierra en que naciste; ámala, es una y nada más

           Juanes, La tierra

Muy pronto vamos a celebrar el ocio de esa semana que llamamos santa. Hace un año, por estas fechas, el presidente Peña inauguró con gran ceremonial y amplia concurrencia la obra llamada Paso Exprés en la carretera llamada del Sol que, simplemente, une la ciudad de México con Acapulco. Se calificó, casi, como el mayor logro del sexenio en lo que a obra pública se refiere. A las cuantas semanas, en julio para ser precisos, un socavón, a la altura, me parece de Palmira, se abrió en la madrugada por fortuna y solamente causó la muerte de padre e hijo, de apellido Mena.

A casi un año de distancia no se han fincado cargos en contra del secretario de Comunicaciones y Transportes ni de las compañías constructoras que se ocuparon de la obra ni de los subalternos del señor Gerardo Ruiz Esparza ni de nadie. Nadie se dio por enterado, entonces, ni se da por enterado ahora, que hubo media docena de denuncias por las deficiencias de la construcción del llamado Paso Exprés ni del deterioro, que siguiendo el cauce que las aguas tienen siempre habían causado en el sustrato arenoso de la carretera, que tarde o temprano se iba a horadar.

Quedan pocas semanas para el cambio de administración en este país. Pero el agua no olvida y la tierra no perdona. El secretario de Estado favorito del Presidente no ha sido llamado a cuentas. Todavía.

Pero el agua no perdona y la tierra no olvida.

PILÓN.- Estoy bien cierto de que es por soberbia y egoísmo que pude haber sido inmensamente feliz si mis hijos hubieran escogido de entre sus vocaciones seguir el oficio de su padre. No todos lo han hecho, y a la distancia reconozco que así son las cosas y que las cosas siempre son como tienen que ser. Lo que viene, conviene, se tardó mi padre mucho tiempo en enseñarme. Mejor dicho, me tomó a mí mucho tiempo el poder asimilarlo. Por eso comprendo la insistencia de muchos políticos en llevar a sus hijos —para el caso a otros parientes cercanos— a los puestos de poder que ellos han ejercido y que llaman de servicio público. El problema con esta práctica es que implica el peligro de caer en el nepotismo, en el concepto dinástico de la función gubernamental.

El asunto se ha recrudecido en los tiempos que corren. el señor Moreno Valle, exgobernador de Puebla, ha impuesto a su señora esposa para que ocupe la misma oficina que él tuvo. Hay tradición en esa conducta. Michoacán tuvo cuatro gobernadores de apellido Cárdenas, de la misma familia. Guerrero dos Figueroa, lo mismo que Oaxaca, dos Murat. Ahora, Veracruz se asoma a la lista con otro Yunes en el horizonte de su futuro político.

Tampoco tenemos la exclusividad. La familia Kim ha estado en el poder desde que surgió la República Democrática Popular de Corea, la Corea comunista. Más de cerca tenemos a los hermanos Castro, casi seis decenios en el poder en Cuba. La viuda de Perón heredó Argentina de la misma manera que la viuda de Kirchner. José López Portillo, quien se ufanaba del orgullo de su nepotismo ratificó aquel viejo decir de que no hay pillo que no sea simpático, crudo que no sea humilde o pendejo sin portafolios.

Tener un padre o pariente empoderado no debiera ser en automático un impedimento para acceder a puestos de mando político. Pero en algún recóndito hueco de los códigos de ética debiera figurar el principio de que al poder se debe llegar por los méritos propios acumulados y no por herencia. De la misma manera en que por un eufemismo de la equidad de géneros se nos olvida que los seres humanos valen por lo que tienen entre las dos orejas y no entre las dos ingles.

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