La Carpeta:
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Los mexicanos debiéramos estar preocupados por cómo va a conducir este país a partir de mañana el señor López Obrador.
FELIX CORTES CAMARILLO
noviembre 30, 2018, 7:59 am

Partir suele ser un fenómeno ingrato. Solamente se agradece cuando uno se va porque quiere, porque es decisión propia. Como en algunos matrimonios. Pero salir de una posición poderosa no debe ser agradable. Que se lo digan a Porfirio Díaz zarpando de Veracruz en el Ipiranga después de tres decenios.

En este país, todavía de instituciones, Enrique Peña Nieto nos puso en la televisión, antier, un mensaje breve de despedida, no más de 13 minutos, para decirnos que hizo lo que pudo y que lo hizo bien. Ni pizca de autocrítica.

Los inteligentes que analizan las cosas que nos pasan dicen en lo general que el sexenio de Peña se divide en tres partes.

El primero fue, como suelen ser todos los sexenios, de la esperanza; fue aquello del Pacto por México y las reformas estructurales que se van a ir por el caño a partir de mañana. El segundo fue de las sorpresas, especialmente de la corrupción, con la inserción gravísima de Tlatlaya y Ayotzinapa y el copete de crema batida de la Casa Blanca de las Lomas, que nunca nadie ha dicho cuál fue su destino final. La tercera parte fue el declive total. La cereza la vino a colocar el presidente entrante con su vigoroso arribo al ejercicio del poder.

Ciertamente, los mexicanos debiéramos estar preocupados por cómo va a conducir este país a partir de mañana el señor López Obrador y no por el destino que le aguarda a Peña Nieto, pero eso es ingratitud. Desde el balcón presidencial de Palacio vamos a enterarnos por la tarde de algunas sorpresas sobre el plan del nuevo Presidente. Del que se va, a pocos le interesa. Es el destino de los vencidos.

Las ligas de chismes del espectáculo predicen un pronto divorcio de La Gaviota y su regreso sin éxito a las telenovelas. Pocos compraron la idea de un romance en esta pareja. Aunque hubiera sido cierto, estaba demasiado prefabricado y publicitado —la revista Hola participó en este cuento— para comprarlo.

Peña Nieto se va de Los Pinos dejando una casa que no tiene nada de cultural más que el propósito emblemático de López Obrador. Iremos a visitarla con el morbo de conocer el gran espacio donde despachaban Echeverría y López Portillo. No hay nada más que ver que oficinas enormes donde procesaban la información que sobre el Presidente se publicaba.

Honestamente, yo no creo que Peña Nieto se vaya contento. Lo triste sería que él lo piense así. Su mensaje innecesario de despedida así lo indica. Su destino será incierto, desde luego.