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Los inmigrantes ilegales le dan la oportunidad a los americanos de competir contra las importaciones de diversos países, entre los más importantes, China y México. Contradictorio pero cierto.
Carlos Chavarria
junio 28, 2018, 9:55 am

Todos los presidentes de los EEUU han sabido que necesitan  indocumentados para equilibrar su economía y las finanzas de su país.

La escalvitud es una cuestión de forma. Antes las cadenas sujetaban a los afroamericanos, ahora es el miedo a la deportación, que se administra con mucho cuidado para asegurar los más bajos salarios, pero al mismo tiempo la mayor disponibilidad de mano de obra barata y dispuesta a hacer los trabajos más duros.

Para Lincoln era más barato abolir la escalvitud y dejar de mantener a los trabajadores de color –que era bastante caro  en su tiempo– a cambio de importar mano de obra mexicana. Por supuesto que había toda una ideología liberal que impulsaba tal medida, pero la motivación era económica.

Los inmigrantes “ilegales” siempre  han sido y son una fortaleza de la economía de los EEUU, país donde los salarios que se pagan a los naturales para los trabajos de nivel primario  son demasiado altos.

Los inmigrantes ilegales le dan la oportunidad a los americanos de competir contra las importaciones de diversos países, entre los más importantes, China y México. Contradictorio pero cierto.

En periodos de estabilidad y crecimiento, la teoría indica que los salarios entre países deben converger en términos de poder de compra y ser paritarios (PPP) y eso preocupa a los EEUU (Gordon y Hanson, The China Syndrome: Local Labor Market Effects of Import Competition in the US, 2012).

El salario mensual promedio en los EEUU es de 3,263 dólares de 2012 (PPP, fuente: OIT) mientras que en México y China son de 609 y 656 respectivamente, el de un inmigrante ilegal es 35% menor a estos. La cruzada de Trump tiene entonces dos direcciones, deprimir más los salarios de los “ilegales” y presionar por aumentos de salarios en México.

Es una contradicción del desarrollo, pero a medida que un país aumenta su acervo de conocimiento y su sociedad no quiere tener hijos, se hace escasa la mano de obra para los trabajos de manufactura, agrícolas, mantenimiento general, construcción, etc.

Desde que se firmó el Consenso de Washington se sabía que llegaría el momento en que las transferencias por mano de obra migrante se convertirían en una piedra en el zapato del Grupo de los 8.

Como tambíen era bien sabido que los países en desarrollo lo único que podrían exportar en un mundo globalizado era su mano de obra barata, su pobreza. Ahí esta el caso de la UE, donde según los expertos en población en poco menos de 30 años sus sociedades serán en su mayoría de origen árabe, turco y norafricano.

Todos los líderes del mundo, y los presidentes americanos no son excepción, habían manejado con sutileza el problema de la migración habida cuenta de la dependencia de sus economías hacia la mano de obra de los países pobres.

Trump no se equivoca en el fondo sino en la forma. Reaccionar con su “cero tolerancia” es un error económico, como lo sería el apuntalar el desarrollo de los países aportantes de migrantes hacia el cono norte.

A quién más beneficia la pobreza alarmante de América Latina es a los EEUU que de ahí toman a 11 millones de verdaderos esclavos para su mal acostumbrada economía.