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Su imbecilidad de acudir a Lisístrata como inspiración le hace lucir como lo que es: una retrógada reaccionaria e incapaz, engañada por el señuelo del poder.
FELIX CORTES CAMARILLO
junio 18, 2012, 6:38 am

Primero fue en los calores costeños de Mazatlán, Sinaloa, y luego la ratificación se dio en el no menos caluroso Veracruz: la candidata a la presidencia de México, Josefina Vázquez Mota se puso aristofánica y pidió que las mujeres lleven de las orejas a sus maridos el primero de julio a las urnas a que ejerzan su derecho y obligación al voto. Caso contrario, dijo la candidata, las mujeres deben negarle el privilegio del “cuchi-cuchi” –así se refirió ella obviamente al fornicio– a sus maridos o amantes.

Dice la célebre comedia de Aristófanes en la convocatoria de Lisístrata, resumo, y no es albur: “…repitan después de mí: no tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante… no me entregaré… y si él me obliga seré tan fría como el hielo y no me moveré. No levantaré mis zapatillas hacia el techo ni me agacharé sobre mis cuatro extremidades, como la leona de la escultura”.

La condición que ponía Lisístrata para tan vil negativa era que sus maridos, o amantes, desistieran de los 27 años de guerra que entre atenienses y persas habían diezmado sus familias e insatisfecho sus vaginas, ostensiblemente, por la disputa de la hegemonía territorial en el área. La condición de la señora Vázquez Mota es llevar agua al molino de sus preferencias electorales.

Sí, hay diferencia entre la palinodia griega y el discurso político mexicano.

Toda proporción guardada, el estropicio de doña Josefina puede equipararse a la secuela que se ha querido dar al movimiento Yo soy 132. La huelga de piernas cruzadas que doña Josefina propone es de alguna manera igual a la estupidez desatada para bloquear la camioneta de Enrique Peña Nieto, manotearle el capacete e impedirle el paso.

El discurso juvenil mereció desde su exabrupto una amplia simpatía; finalmente los jóvenes tomaban conciencia de que su participación en la res pública era no solamente inevitable sino necesaria y sana. Los políticos profesionales también se duieron cuenta y se subieron al mismio camión. Le torcieron el volante y lo despeñaron.

Es evidente que la señora Vázquez Mota es la peor opción que el partido en el poder pudo escoger, en una disputa electoral en la que todos los cachorros son débiles. Su imbecilidad de acudir a Lisístrata como inspiración le hace lucir como lo que es: una retrógada reaccionaria e incapaz, engañada por el señuelo del poder.

felixcortescama@yahoo.com