La Carpeta:
1 de 10
 
Mucho antes de que termine este mes vamos a tener sorpresas agridulces en el juego político. Y si querían retorno de los dinosaurios en el PRI, retorno de los que nunca se fueron tendrán.
FELIX CORTES CAMARILLO
diciembre 11, 2017, 8:24 am

Sí, dicen que los amigos no se besan en la boca ni conocen el cuerpo del otro a detalle ni —desde luego— hacen el amor. Hay límites.

Lo mismo aplica para lo que Lenin llamaba los compañeros de viaje. Aplícase a los que, por simpatía, curiosidad, moda o convivencia, se subían al camión de los bolcheviques para ser utilizados en las luchas por el poder.

El frente de unidad mexicana, de ciudadanos por México o quién sabe cómo terminó llamándose, está en una crisis definitiva después de que la diáspora empezara a diezmar sus filas con la ausencia sentida de personajes emblemáticos o presuntamente poseedores del peso específico a la hora de las votaciones. El último capítulo de este juego de intereses y componendas, que no tiene nada que ver con los acuerdos, las coaliciones y los pactos políticos, fue la doble jugada de ratificar a Ricardo Anaya como el candidato colegiado a la Presidencia de la República y el abandono de ese Frente al que dice no abandona, de Miguel Ángel Mancera.

Desde luego que todo este cambio de baraja puede interpretarse con una feria de vanidades. En realidad, parece haber detrás de todo este teatro, un aparato político inteligente y malévolo con un solo objetivo: Impedir, por tercera y última vez, la llegada de Andrés Manuel López Obrador a un poder que de tan omnímodo en sus manos se torna amenazante. Los ojos de Estados Unidos, de muchos factores de poder que no tienen nada que ver, como los partidos, ni les interesa tener, están muy al pendiente de este maniobrar.

Mucho antes de que termine este mes vamos a tener sorpresas agridulces en el juego político. Y si querían retorno de los dinosaurios en el PRI, retorno de los que nunca se fueron tendrán.

PILÓN.- Acaba de salir de su puesto, más no de sus privilegios, el polémico cardenal Norberto Rivera, precisamente en vísperas de que los mexicanos ratifiquen, en alguna medida, su fervor guadalupano, que no es lo mismo que su fervor católico. El desprestigio de la clerecía católica en México, protagonizada y ejemplificada por el caso del padre Maciel, tolerado y auspiciado por el cardenal Norberto, se está manifestando en el gradual deterioro de las filas del catolicismo mexicano, que tiene más un prestigio mediático que una realidad practicante. Mañana culminará esa fiesta tan sincrética de los mexicanos en Tepeyac, pero los que tenemos alguna memoria, no podemos dejar de advertir que la Iglesia católica está en plena decadencia.

Ese fenómeno obedece a numerosos factores de diferente origen. El principal, desde luego, es el avance del conocimiento, en general, del científico en particular. Cada vez resulta más difícil aceptar sin chistar las teorías teológicas del surgimiento de la vida en la Tierra o del destino de los pueblos que la poblamos. El segundo es la diversidad de opciones. Los mexicanos, como antes pasaba con la televisión abierta, ahora tienen más canales por los cuales llevar su fe o necesidad de ella. El tercero es el desprestigio que las manifestaciones de pederastia y de abuso sexual de hombres y mujeres ha traído a la Iglesia. En vano fueron los esfuerzos de Juan Pablo II de taparle el ojo al macho a base de su carisma; en vano los esfuerzos del jesuita papa Francisco. La Iglesia católica en México está como el PRI: surgieron de la necesidad de un milagro y necesitan de un milagro para sobrevivir.