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Hace seis años Felipe Calderón pedía el voto de los mexicanos mostrando las palmas y diciendo “tengo las manos limpias”. Hoy, Josefina Vázquez Mota pide los mismos votos, pero con las palmas de las manos marcadas con cruces de color azul.
Francisco Tijerina
junio 18, 2012, 9:14 am

Hace seis años Felipe Calderón pedía el voto de los mexicanos mostrando las palmas y diciendo “tengo las manos limpias”. Hoy, Josefina Vázquez Mota pide los mismos votos, pero con las palmas de las manos marcadas con cruces de color azul.

Ha sido la campaña de la panista un verdadero manual de lo que no se debe hacer en campaña. Los resultados están a la vista y los bandazos se suceden a cada paso. Total, absoluta y definitivamente coyuntural, la abanderada albiazul va jugando a la prueba y el error y así es difícil remontar.

No se puede sustentar una campaña en base a las “ocurrencias” y “puntadas”, como lo ha sido la famosa frase a las mujeres convocando a que si los maridos no van a votar, las mujeres les cierren las piernas y no les hagan “cuchi-cuchi” en un mes. Simpática, tal vez, anecdótica, pero que no consigue un voto más, porque lejos de convocar a la unión, provoca la división en las familias. Habrá que recordarle a doña Josefina que “a fuerza, ni los zapatos entran” y, por otra parte, a ver si va a defender a esas mujeres cuando los iracundos maridos las agarren a madrazos (Mauricio Fernández dixit) por no reportarse a las tareas conyugales.

Lo que hace seis años funcionó, hoy es descartado por la candidata del mismo partido del presidente. ¿Será un intento velado de deslindarse de Calderón y su lucha contra el narco? ¿De quién habrá sido la genial idea de tacharse las palmas de las manos, como niños de primaria? ¿De verdad habrán pensado que con ese jueguito pueden conseguir votos el 1 de julio?

No nos queda más que pensar que lo del segundo debate fue un chispazo, una casualidad, porque tan pronto salió de Guadalajara, Vázquez Mota volvió a ser la misma de siempre, la del monótono en el hablar, la del gesto invariable, la de la sonrisa forzada, la de los lugares comunes, la del discurso de género que pega bien en los auditorios cerrados llenos de mujeres pero que no proyecta de igual forma al verlo por los medios.

Lo más grave del caso es que en su caída, Josefina arrastra a muchos otros candidatos del PAN en todo el país a distintos cargos de elección. La buscan defender, la quieren fortalecer, pero a cada paso la aspirante a la Primera Magistratura y su equipo de campaña han lo imposible por hundirse más y más. Falta la parte más sensible y difícil de la campaña, el cierre y por lo visto no están ni siquiera preparados para abrochar y asegurar los votos conseguidos durante los últimos dos meses y medio.

Pareciera que Josefina y sus asesores están esperando un milagro (¿como el de Fox?), que del cielo les venga la solución a su caótica campaña y esto no va a suceder, porque en campaña los milagros no existen, las campañas las ganan los equipos que cometen la menor cantidad de errores y en el caso de la panista no han sido muchos, han sido exagerados y constantes.

Ya no se trata de manos limpias o de “cuchi-cuchi”, se trata de amarrar los votos necesarios y suficientes para conseguir el triunfo. Ni siquiera en su especialidad, la campaña del miedo, han sido convincentes, porque atacan un día, se repliegan al siguiente, dudan al tercero y al cuarto se olvidan y cambian la estrategia.

Así no se puede.