La Carpeta:
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El elector mexicano tiene una ínfima capacidad de elección de su Presidente de la República, a pesar de que éste tomará decisiones vitales que nos afectarán a todos los igual, sin poder de contención ni estorbos, hasta dentro de seis años más, cuando se vuelva a convocar elecciones.
Eloy Garza
diciembre 5, 2017, 9:39 am

En México, la minúscula influencia de un ciudadano en los resultados electorales, lo inducen a perder interés por los asuntos públicos. Y los pocos interesados tienden a elegir no a los candidatos con más coherencia y capacidad de éxito en sus planteamientos de campaña, sino a los más diestros para vender demagogia. ¿Hagamos de México una potencia mundial como pide José Antonio Meade (¿así se llama?)? Pues bueno, antes habría que resolver pendientes más inmediatos. ¿Aprobemos la renta básica universal para que el gobierno otorgue un dinero mínimo para vivir a todos los mexicanos, como lo promete Ricardo Anaya, el atrabancado dirigente del PAN? Está bien, pero primero habría que corregir la seguridad social en México. También en el acomodo de promesas resaltan los demagogos. Volvernos potencia mundial es un proceso que no se vende como gestión sino como meta. Sería la consecuencia de múltiples factores, la mayoría de los cuales ni siquiera pasa por las manos de un gobernante. No puedes prometer lo que no está en tus manos. Por otra parte, que todos los ciudadanos en México reciban regularmente una suma de dinero sin condiciones, se vende más como aspiración que como ejecución. De entrada, el gobierno tendría que aumentar la emisión de circulante y causaría una alza indiscriminada en los precios. ¿Quiénes serían los culpables de este daño colateral? ¿Los especuladores? ¿El mercado negro? No: sería el propio gobierno. Joseph A. Schumpeter, un teórico económico que todos deberíamos leer como autor de cabecera (es de lectura fácil y reveladora), decía que la campaña publicitaria de la mujer más bella del mundo  resultaría inútil a largo plazo para vender vestidos mal hechos. Sin embargo, no hay protección equivalente en el caso de las campañas electorales. No es tan sencillo formarse una opinión de las consecuencias de todas las políticas públicas como sí podemos hacerlo en el caso de un vestido en venta porque los resultados gubernamentales son menos simples de interpretar. A algunos analistas como John Ackerman les queda la vana ilusión de que, aunque el votante no sabe a ciencia cierta cuáles son las mejores políticas públicas a ejecutar, sí sabe elegir a los políticos expertos, a los gobernantes más competentes (obvio, mientras el gobierno no cometa fraude electoral). El problema es que no existen muchos medios para evaluar cual sería el experto mejor calificado para votar por él. ¿Elegir al más honesto? Sería un primer paso, pero no el único. Menos en la política moderna donde todos los candidatos están de acuerdo en los asuntos fundamentales: ¿quién estaría en contra de hacer de México una potencia? ¿qué candidato estaría en contra de acabar con la pobreza, buscar la justicia social, mejorar las condiciones de vida de la población y así hasta el infinito? El elector mexicano tiene una ínfima capacidad de elección de su Presidente de la República, a pesar de que éste tomará decisiones vitales que nos afectarán a todos los igual, sin poder de contención ni estorbos, hasta dentro de seis años más, cuando se vuelva a convocar elecciones. Vote o no vote, el ciudadano será gobernado por un candidato de una lista de cuatro o cinco nada más, lo cual reduce las expectativas a una mediocre limitación de horizontes. La política mexicana es una cárcel disfrazada de sueños húmedos.