La Carpeta:
1 de 10
 
El consumismo contra el ahorro, la ligereza contra el rigor, lo frívolo contra la disciplina. Las consecuencias de una generación las paga la siguiente. Nosotros todavía no pagamos el alto precio. Viene lo peor.
Eloy Garza
mayo 2, 2018, 10:05 am

Monterrey creció a partir del ahorro. Las bromas del regiomontano de antaño como persona "coda" no distaban de la realidad. "Las vacas comen todos los días", decía mi abuelo como argumento para trabajar incluso los domingos. Consideraba vagancia estar ocioso. Llevaba las cuentas personales al día y tenía hábitos de vida frugales. No es casualidad que mis antecesores fueran tenderos o administraran un hostal.

Nuestros abuelos eran dependientes de sí mismos, tacaños, madrugadores y ahorradores: vivían por debajo de lo que ganaban. Pulcros y atildados. De la pala pasaron al arado y luego al tractor. Pero también del capital reinvertido pasaron a instituciones bancarias y después a un sistema de seguros. Invertían: quitaban el dinero de aquí para ponerlo allá donde generara más beneficios o arrojara menos pérdidas. No era una operación fácil pero se aprendía con disciplina y partidas de madre.

Se ahorraba parte de los beneficios en espera de que los tipos de interés fueran bajos. Así se financiaban mejores posibilidades de producción. Los bienes generados no se consumían al momento: un porcentaje se guardaba para el futuro. Hacían cálculos y previsiones. A eso se le llama “preferencia temporal”. Los valores comerciales se sustentaban en valores éticos, lo mismo en el caso de un tendero en Agua Fría que de un fabricante de hilos y tejidos en Santa Catarina.

Los regiomontanos nunca fuimos una sociedad opulenta pero sí una comunidad previsora. Nunca fuimos notables inventores pero sí grandes productores. ¿Por nuestras raíces árabes? No lo sé: tampoco importa tanto. Veíamos con afecto (y un poco con signo de pesos) al foráneo, libanés, judío o irlandés. Nos gustaba comerciar: comprar y vender. Así creció nuestra calidad de vida, por encima de otras regiones de México.

Lo que vino después es un desastre. Se vendieron las empresas insignias de Nuevo León, se perdió el autocontrol (la capacidad de domesticar nuestros instintos), se entregaron las calles al crimen organizado, se creyó que el trabajo era un castigo, se vivió ya no para producir y ahorrar sino para simular y apantallar. ¿Por qué nos pasó esto? Paul Lafargue, yerno cubano de Carlos Marx, publicó en 1880 un libro revelador: "El derecho a la pereza". Lafargue condenaba "el furibundo frenesí del trabajo" que es maldición de Dios.

Entre las "razas malditas de la tierra" que les gustaba trabajar, como chinos, escoceses y gallegos, Lafargue bien pudo incluir a los regiomontanos. Sin embargo, hemos convertido este valor social en letra muerta, papel mojado. Cunden los apologistas (incluso del Tec) del discurso motivacional y la autoayuda, otra manera de referirse a la flojera o la pereza.

Ahora, el comercio regional se basa en la ludopatía, las vacaciones de varios meses a crédito, la pérdida del tiempo como misión de vida, la apología de los caprichos y los grandes lujos para impresionar al vecino, el ventajismo comercial, la ruta fácil de hacer dinero, el hedonismo como única filosofía. El consumismo contra el ahorro, la ligereza contra el rigor, lo frívolo contra la disciplina. Las consecuencias de una generación las paga la siguiente. Nosotros todavía no pagamos el alto precio. Viene lo peor.