La Carpeta:
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Ojalá que el padecimiento –que de suyo no es grave– tenga alivio inmediato.
FELIX CORTES CAMARILLO
junio 14, 2012, 7:10 am

Mi muy querida amiga Graciela Leal, quien me acompañó en Los Pinos a los aposentos de María Esther Zuno Arce, no entendió el sarcasmo cuando le dije a la señora “el pueblo la espera abajo”. Abajo estaban, junto a Luis Echeverría, Presidente, todos los compañeros del entonces triunfal noticiario “24 Horas”.

María Esther, la jaliscience, fue la primera de las primeras damas que tuve la oportunidad de conocer. Luego vendría una montaña rusa con José López Portillo, a quien le conocí varias mujeres; desde Doña Cuquita, su madre, hasta Sasha Montenegro su última reconocida pareja, pasando por Silvia Hernández, Rosa Luz Alegría y la estrambótica Carmen Romano –quien tuvo que volar en avión oficial a su perrito porque el estúpido gobierno de Suecia exigía que el perro presidencial tuviere vacunas– y que solía comer con uno de sus amantes, en una mesa contigua a la nuestra en La Cava, allá por la Ciudad Universitaria.

Me hubiera gustado mucho conocer a Guadalupe Borja Osorno, para entender la enorme esfinge de su marido, el poblano que echó sobre su lápida la responsabilidad –que era compartida– de los muertos de 1968, cuantos hayan sido. Pero no se pudo. Hasta ese secreto se llevó a la tumba Gustavo Díaz Ordaz.

Luego del carrusel de López Portillo, sucedió un período apacible. Paloma Cordero rindió público tributo a sus dos apellidos. Doña Cecilia Occhelli fue una apacible madre de familia sin mayor perfil, y su marido se casó finalmente con su secretaria Ana Paula Gerard para prolongar la prole de los Salinas. De la triste Nilda Patrcia Velasco de Zedillo Ponce de León sólo trascendió su dipsomanía supuesta.

Martita fue y sigue siendo un elemento importante en la mecánica de este país, aprovechando la efigie de su esposo, Vicente Fox. Por la suma de todos estos dispersos elementos acudí ayer a una comida –crema de elote, pechugas de pollo, el postre me lo salté porque comenzaron los discursos– yo lo que quería era conocer a esa primera dama, Margarita Zavala de Calderón, que iba a hablar en Monterrey, Nuevo León. Me enteré de que la primera dama que yo quería conocer sufrió un desprendimiento de retina; aún así acudí a la comida; era de gorra.

Ojalá que el padecimiento –que de suyo no es grave– tenga alivio inmediato.

Su cuñada, La Cocoa, no llena sus choclos.

felixcortescama@yahoo.com