La Carpeta:
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A los sepelios sí voy porque es bueno irse ambientando para el propio. La apatía personal de no ir a festejos, aunque me exentaran el IVA, dada mi naturaleza anti-confitera y anti-matracalera, es también debido a un perro flaco que se hace llamar Mito.
Eloy Garza
diciembre 14, 2017, 12:34 am

Como bien saben mis devotos y de botas lectoras, nunca voy a bodas, 15 años, cumpleaños, carnes asadas, despedidas de solteros ni bautizos. A los sepelios sí voy porque es bueno irse ambientando para el propio. La apatía personal de no ir a festejos, aunque me exentaran el IVA, dada mi naturaleza anti-confitera y anti-matracalera, es también debido a un perro flaco que se hace llamar Mito. En Facebook todo mundo me lo chulea pero si salgo con la puntada de que lo llevo de chicle a una pachanga me le hacen el feo. Me ponen cara de “nos reservamos el derecho de admisión de Mito”.

La cosa se pone peor si me invitan a una fiesta en McAllen. Allá todo es plano: el suelo, el valle, la gente, los pochos (que también son gente aunque no lo parezca el agente del lado gringo). Un artista churriguresco del Barroco Español se moriría de hambre en McAllen. Nadie le daría trabajo. O acabaría de dependiente de T.J. Maxx o de cajero en Dillard’s, sección lencería para damas. Lezama Lima que era un poeta complejo y enredado de por sí (y cubano para acabarla de amolar) se habría quedado mudo en McAllen, sin nada qué decir. Lo hubiera apañado uno de esos attorneys boquiflojos que salen en los comerciales de la tele (y que siempre se apellidan López: Joe López, Pat López, Pit López y así).

Hace poco un compadre mío con tanates de cardenal y peso pesado de samurái me invitó a una barbecue en Mission y les dije que emprendería la peripecia con Mito. “Nombre, no ocupas traer la carne, aquí la ponemos nosotros”. Si los chicanos de McAllen fueran standuperos, no necesitarían auditorio con público porque ellos mismos se ríen de sus chistes malos. Yo le puse cara de baqueta a mi compadre aunque hablábamos por iPhone. Obvio le pregunté el motivo de la fiesta pero no supo decirme nada porque mi comadre (que siempre son las que saben de estas cosas) estaba fuera de su casa y ni modo de preguntarle.

Durante el peregrino discurrir que implica hablar con un pocho, pasamos mi compadre y yo a una extensa y erudita disertación a dos voces sobre las virtudes y beneficios de la Budwaiser en el Logan’s Road House. La verdad es que la Budwaiser sabe igual en Logan’s Road House que en cualquier otra méndiga cantina, pero a los texanos les encanta argumentar y dejan para dos días después la coherencia de su argumento.

Finalmente monté a Mito en mi camioneta y nos fuimos conduciendo (bueno en realidad yo conducía porque el otro iba dormido y roncando) por la Monterrey-Reynosa. De lo que nos sucedió en este viaje a McAllen a Mito y a mí me ocuparé en mi próximo capítulo (como decía la Dama de las Camelias, o Camelia la Texana, ya no sé).