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La amnistía al crimen organizado es una propuesta inadmisible. No pueden perdonarse sin más a los asesinos de más de 30 mil personas (sólo en lo que va del 2017). Pero el remedio tampoco consiste en sacar a la calle al ejército.
Eloy Garza
diciembre 12, 2017, 6:43 am

La amnistía al crimen organizado es una propuesta inadmisible. No pueden perdonarse sin más a los asesinos de más de 30 mil personas (sólo en lo que va del 2017). Pero el remedio tampoco consiste en sacar a la calle al ejército. La militarización no nos ha funcionado como política pública desde hace dos sexenios. Incluso implica la disolución de cualquier política pública.

El problema es la crisis de funcionalidad de las fuerzas armadas de México así como del resto del mundo. ¿A qué me refiero? Analicemos detenidamente el asunto.

William H. McNeill escribió un libro formidable: La búsqueda del poder. Tecnología, Fuerzas Armadas y Sociedad desde el 1000 d.C. Hasta hace algunos años (según este autor), los Estados soportaban su poder con armas grandes y pesadas. Cada año se organizan desfiles del mandatario en turno con pasarela de cañones, tanques de guerra y voluminosa tecnología militar. Este era el principal símbolo del poderío estatal: mastodontes rodando en el zócalo.

Sin embargo, ahora la guerra se despliega en contra de enemigos pertrechados con armamento ligero, es decir, tecnología de guerrilla. Drones, lanzallamas, granadas de mano. Contra estas armas, el Estado está (inconsciente o deliberadamente) contra la pared. En la lucha contra el terrorismo o el narcotráfico, salen sobrando cañones y tanques de guerra.

El terreno de la inteligencia militar sofisticada está competido casi al parejo: también la tiene el crimen organizado. ¿Pero qué vamos a hacer con nuestra tecnología gigantesca y pesada? Para una guerra de guerrilla, con enemigos sinuosos, huidizos, reptilianos, el ejército regular es una maquinaria grandota, lenta y torpe.

Otro autor demonizado pero igualmente interesante es el israelí Martin van Creveld. En The Transformation of War: The Rise and Decline of the State habla de la disolución del Estado como lo entendemos hasta ahora. ¿Por qué? Simple: no está capacitado para responder a las sofisticadas guerras modernas.

El Estado se formó para combatir a otros Estados, defenderse o atacar a otras naciones y preservar la seguridad nacional; sólo de refilón se encarga de la seguridad pública, protegida más bien por los cuerpos policiacos en sus diversos niveles.

Luego el Estado pasó a arremeter contra sus propios ciudadanos rebeldes. Pero el terrorismo actual que nos amenaza en sus múltiples modalidades, es otra cosa. Desestabiliza rápidamente a un país y nos hunde en muy poco tiempo en la inseguridad. El Estado ya no pude siquiera mantener la paz en el territorio más estatizado que existe: las cárceles.

Un loco que embiste a paseantes con un camión o hace estallar un centro comercial con una bomba casera, no se le puede someter con un tanque militar o un portaaviones. Un traficante de drogas que arroja una granada de mano (tres mil pesos en el mercado negro) a una gasolinera no se le detiene con un misil de factura norteamericana.

Vamos a pasar del Estado fallido al fin del concepto que hasta ahora tenemos de Estado. ¿En qué se transformará? No lo sabemos. Depende de lo que hagamos con nuestra imaginación. Pero ya nada será igual. Garantizado.

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