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Netflix se disminuye: ya no es excepción, es decepción. Así sea con House of cards, Sabrina o Narcos. Ni siquiera culebrón lacrimógeno, la serie Narcos se pasea desde la reivindicación de Miguel Ángel Félix Gallardo, un Diego Luna sin cuajar actoralmente, hasta un Rafael Caro Quintero impuesto como un sociópata con un sobreactuado Tenoch Huerta.
Jose Jaime Ruiz
noviembre 26, 2018, 10:11 am

Netflix se disminuye: ya no es excepción, es decepción. Así sea con House of cards, Sabrina o Narcos. Ni siquiera culebrón lacrimógeno, la serie Narcos se pasea desde la reivindicación de Miguel Ángel Félix Gallardo, un Diego Luna sin cuajar actoralmente, hasta un Rafael Caro Quintero impuesto como un sociópata con un sobreactuado Tenoch Huerta. Dicción aparte, a veces los parlamentos son incomprensibles y, aún así, destacan las actuaciones de Joaquín Cosío (Don Neto Fonseca) y Michel Peña (Kiki Camarena).

La narrativa de Narcos no se sostiene lo suficiente porque se desliza entre el drama telenovelero y el mediocre documental. Anabel Hernández recuerda: “Don Neto confesó que él y Caro Quintero habían tomado la decisión de secuestrar a Camarena”. En la serie Don Neto se opone al secuestro y le avisa a Félix Gallardo, lo cual es el prinicipio del fin del consorcio o federación, como se le conoció ala agrupación criminal.

Escribe Diego Enrique Osorno en su libro El Cártel de Sinaloa. Una historia del uso político del narco: “En Badiguarato no hay un solo letrero oficial que dé la bienvenida. Ni a los automovilistas comunes y corrientes, ni mucho menos a los soldados. Los Hummers del ejército mexicano entran acompañados de nosotros los reporteros a este municipio serrano donde nacieron Rafael Caro Quintero, Juan José Esparragoza, el Azul, Ernesto Don Neto Fonseca, los hermanos Beltrán Leyva y Joaquín el Chapo Guzmán. Puros jefes de jefes, varones bien pesados, capos, los máximos operadores –conocidos– del narcotráfico en México durante los últimos años.

         “Ellos son la cruz de Badiraguato”.

Lo relevante de Narcos es cómo se desnudan las relaciones peligrosas entre los gobiernos del país y la delincuencia organizada. Sin la operatividad de la Dirección Federal de Seguridad la onda de expansión del narco difícilmente hubiera sucedido, al menos como se dio hace décadas. Cuando Guillermo González Calderoni atrapa a Félix Gallardo, el diálogo no es preciso: los casetes de la tortura a Camarena son reveladores y ello hundiría a policías, ejército, alcaldes, gobernadores y políticos del poder ejecutivo.

Osorno: “González Calderoni entró minutos después de que sometieron a Félix Gallardo. Tirado en el suelo, el capo le soltó: ‘¿Qué pasó, Memo?’ La respuesta del policía fue: ‘No te conozco’. Los policías subieron al capo a una camioneta Ichi Van y lo llevaron a una casa de espionaje que tenía González Calderoni. ‘Discúlpame, pero esta es una orden de México y tuve que cumplirla. No tienes problemas graves, vas a salir pronto de la cárcel, yo te voy a ayudar’, le dijo el policía, antes de hablar por teléfono con Javier Coello Trejo, quien acababa de ser nombrado por Carlos Salinas de Gortari como titular de la Subprocuraduría General de Investigación y Lucha contra el Narcotráfico de la PGR. ‘Ya lo tengo’, le avisó escuetamente a su superior.”