La Carpeta:
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Si se enseñaran en las escuelas primarias (los modernos calmécac) los poemas de Juan Gregorio, en su lengua original, iría yo mismo a aplaudirle en su cara a Esteban Moctezuma. Además quedaría bien con su jefe, Andrés Manuel, porque ya prometió tomar más en cuenta a nuestros pobres indígenas. Ojalá así sea, como dicen, por el bien de todos.
Eloy Garza
julio 4, 2018, 6:38 am

Las campañas sirven para exagerar virtudes y defectos personales de los candidatos, hasta que tarde o temprano se acaban. Y esta se acabó ayer. De veras, no le den vueltas al trompo: ya se acabó. Ahora, lo que sigue, es que cada quien se ponga a trabajar en lo suyo.

Por ejemplo, yo estoy pensando seriamente en hablar con el próximo secretario de Educación Pública, no para pedirle trabajo, que ni busco ni quiero ni me interesa, sino para sugerirle que en sus horas libres diseñe un programa de enseñanza nacional de lenguas indígenas. No que se aprenda el náhuatl en todos lados (bueno fuera), porque no alcanzaría la nómina de maestros para eso. Pero sí que se enseñen las lenguas indígenas en donde haya hablantes locales.

O sea, que se enseñe tojolabal y tzotzil en Chiapas, zapoteco y mixteco en Oaxaca, purépecha en Michoacán, cora y huichol en Nayarit, téenek en la Huasteca, tepehuán en Durango, tarahumara en Chihuahua (y las demás que se escapan a mi mala memoria). En México, antes de la Conquista, se hablaban 140 lenguas indígenas y hoy quedan muy poquitas, nada más 68, con 364 variantes dialectales. Si antes la lengua común era el náhuatl ahora es el español (sólo en Oaxaca se hablan 18 lenguas distintas, para que se mida de qué tamaño es el lindo enredo).

El lector recordará que en la entrevista de Hernán Cortés con el Cacique Gordo de Zempoala, la Malinche tuvo que traducir del totonaca al náhuatl, luego al maya, luego al español. ¡Qué hermosos brincos lingüísticos debió haber dado la muchacha esta de Coatzacoalcos, sin contar con los brincos que se dio en el petate de Cortés!

Ahora que fui de nuevo a Oaxaca, por enésima vez, me topé en San Miguel Soyaltepec, en el Papaloapan, con la poesía de Juan Gregorio Regino. Ahí, en la cortina de la presa Temascal, en el cauce del Río Tonto, leí una y otra vez a este poeta formidable en lengua mazateca, de quien me arrepiento no haberlo conocido antes porque es autor de maravillas como “No es eterna la muerte”.

Si se enseñaran en las escuelas primarias (los modernos calmécac) los poemas de Juan Gregorio, en su lengua original, iría yo mismo a aplaudirle en su cara a Esteban Moctezuma. Además quedaría bien con su jefe, Andrés Manuel, porque ya prometió tomar más en cuenta a nuestros pobres indígenas. Ojalá así sea, como dicen, por el bien de todos.