La Carpeta:
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Si eso sucede, ello no me va a convertir en un lopezobradorista. Continuaré siendo, simplemente, un mexicano honesto y responsable, que seguirá respetando al Presidente de México y las instituciones de mi país.
FELIX CORTES CAMARILLO
julio 3, 2018, 7:46 am

Vamos poniendo los pies en la tierra. La ilusión de la Selección Mexicana en el campeonato de Rusia de hacer historia fue un sueño fugaz vestido igualmente de ineptitud que de esfuerzo intenso.

La persistente brega de Andrés Manuel López Obrador en aprovechar la crisis de los partidos políticos a los que en su mayoría perteneció, para lograr lo mismo, le cumplió a manos llenas el objetivo.

Yo voté en contra de López Obrador.

Siempre lo consideré un excelente candidato con la experiencia del que más sabe por viejo que por diablo; un buen candidato que difícilmente podría ser un buen Presidente. Sin embargo, todos y cada uno de los planteamientos hechos en su discurso de la victoria, al cruzar la avenida frente al Hemiciclo a Juárez, y que fue una reedición breve del discurso del cierre de campaña en el Azteca, los puedo suscribir sin vacilaciones. Algunos, como el evitar el gasolinazo, residen en campo alejado de las decisiones personales. Otros, como la autosuficiencia energética o alimentaria, están fuera de su rango de edad. Pero, en esencia, todo es perfectamente aceptable.

Especialmente, lo que quiso Andrés Manuel establecer como columna vertebral de su discurso, y yo espero de su gobierno: La reconciliación.

No se necesita sabiduría para entender que, si bien alrededor del 53% de los mexicanos está contento con el triunfo de El Peje, un 45% no lo está. La principal característica de esta campaña electoral fue la de catalizar las posiciones de los mexicanos. He sido testigo —en mi propia familia— de radicales posiciones opuestas entre sí: Así está México, polarizado. Le urge una intensa labor de remiendo y parche, de reconciliación. Una de las virtudes de la democracia es que la disidencia sobreviva. Otra es la capacidad de conciliación. Por encima de esas dos, la voluntad de unidad nacional, de civismo.

Cierto, Andrés Manuel no era mi candidato y voté en su contra. Pero a partir de ahora retomo mi papel de simple ciudadano, al cual le importa su país y debe apoyar las instituciones de su gobierno para que a todos nos vaya bien, con toda mi capacidad y empeño.

¿De qué manera? Haciendo lo único que sé hacer. Observar, evaluar, consignar y difundir todo aquel desvío en el que, de lo prometido, incurra el Presidente y su gente. Si Andrés Manuel respeta uno de sus primeros compromisos que fue la libertad de expresión, el fenómeno del domingo será, efectivamente, como lo señala, prácticamente en todo el mundo, un ejercicio de la democracia, y yo podré seguir aportando una piedrita a su construcción.

Si no, no.

Y estoy convencido de que esa es una labor de todos; los que fueron entusiastas a votar por Morena, los que fuimos convencidos a buscar otras opciones y hasta los que no fueron a votar. Vigilemos a quien será Presidente a partir del primero de diciembre. Cuidémosle las manos a los miembros de su equipo. Sigamos señalándole al Presidente electo los yerros en que incurrió al rodearse de algunos indeseables, en el fragor de la necesidad de alianzas convenientes. También las equivocaciones en las que inevitablemente caerá.

Tomémosle la palabra —si la sigue sosteniendo hoy— de que dentro de tres años podremos los mexicanos revocarle el poder que una mayoría muy relativa, pero infrecuente en los años de la llamada democracia mexicana, le acaba de otorgar.

Si eso sucede, ello no me va a convertir en un lopezobradorista. Continuaré siendo, simplemente, un mexicano honesto y responsable, que seguirá respetando al Presidente de México y las instituciones de mi país.

Aunque algunas no se lo merezcan.