La Carpeta:
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Ahora entendía yo porqué Peña fue tan soberbio con los empresarios a lo largo de su sexenio, y no acertó a incluirlos a todos en la mesa de las llamadas reformas estructurales, especialmente en la energética y acentuadamente en la fiscal. El presidente de México, desde hace muchos sexenios, cabildeaba sus decisiones con los actores representativos de cada sector a reformar.
Eloy Garza
julio 5, 2018, 8:17 am

Hace dos años, en el Festival de Cine de Morelia, me presentaron a Alejandro Ramírez, dueño de Cinépolis. Obnubilado como estaba yo por conocer en persona a Peter Greenaway, el célebre director de cine británico, cuyas tomas cinematográficas son óleos en movimiento, mostré cierta indiferencia cuando por azares del destino, me sentaron a dos butacas de Ramírez. Menos aún (porque no me apantallan las grandes fortunas) reparé en este junior sonriente e impecablemente vestido de traje beige, cuando entre susurros un diputado federal me confió que el empresario valía la modesta suma de mil millones de dólares.

Dado que ya pasaron dos años del hecho en cuestión, no estoy obligado a la secrecía (además nunca me ha gustado guardarme cosas que puedan ser sugerentes para quien me lee), así que revelaré que el diputado en comento era Marko Cortés, coordinador de la bancada del PAN en el Congreso de la Unión y oriundo de Morelia, Michoacán, como también lo es, desde hace varias generaciones, la familia Ramírez. De hecho, me consta que Marko y Alejandro son buenos amigos. Tanto, que al final de la tanda de películas de ese día del Festival, nos invitaron a cenar corundas en una casona cerca de la Fuente de las Tarascas.

Por prurito turístico, antes de entrar a la cena privada de corundas (que nunca me han gustado), me quedé a contemplar un buen rato la Fuente de las Tarascas, que como se sabe, fue retirada de su sitio en los años sesenta, porque a la mojigata esposa del entonces mandatario Adolfo López Mateos no le gustaba ver con los pechos de fuera a las purépechas, aunque en este caso fueran de bronce. En los ochenta las autoridades municipales regresaron a su lugar la fuente, pero ya no era la original: ni el material, ni el diseño, ni los pechos.

Cuando quise entrar a la casona donde se celebraba la cena, siete guarros me impidieron el acceso. Yo les dije que era invitado del señor Alejandro Ramírez y que si me quedé afuera fue por querer extasiarme un momento con los pechos broncíneos de las tarascas. En este estira y afloja estaba con los dueños de México (porque en efecto los dueños del país, al menos de sus calles urbanas, son los guarros), cuando vi al gobernador de Michoacán asomarse al zaguán con Alejandro Ramírez.

Me consta que ambos se quejaban en voz alta de que el presidente Peña Nieto no les contestaba las llamadas telefónicas. Y que, para pedir una audiencia presidencial, tenían que explicarle preliminarmente los motivos a Luis Videgaray. Quedé boquiabierto: me parecía curioso que un primer mandatario escatimara espacio en su agenda para recibir a un hombre con una fortuna personal de mil millones de dólares. El caso del gobernador se cocía aparte, porque por lo general, salvo honrosas excepciones, en este país tan centralista, los mandatarios estatales suelen ser achichincles del preciso, por cuestiones de asignación presupuestal.

Ahora entendía yo porqué Peña fue tan soberbio con los empresarios a lo largo de su sexenio, y no acertó a incluirlos a todos en la mesa de las llamadas reformas estructurales, especialmente en la energética y acentuadamente en la fiscal. El presidente de México, desde hace muchos sexenios, cabildeaba sus decisiones con los actores representativos de cada sector a reformar. Pero el actual, si bien se abrió con algunos capitanes de empresa, no lo hizo parejamente. Y peor:  quiso formar su propio club empresarial. Como quien dice, le salió el tiro por la culata. Los empresarios excluidos sí tuvieron eco en el Congreso con un partido de oposición, el PAN, y con un líder que a toda costa quería echárselos a la bolsa: Ricardo Anaya.

En esas cavilaciones andaba yo, cuando me sorprendieron in fraganti, el gobernador de Michoacán y Alejandro Ramírez. Los saludé, fingiendo no haber escuchado sus disquisiciones y quise desviar la plática en dirección a los pechos de las tarascas de la fuente. Entonces ambos me confiaron un secreto más relevante aún que sus rispideces con el presidente Peña: me dieron santo y seña de dónde estaba guardada la fuente original de Morelia. El paradero de la obra se las revelaré en otro artículo. Por lo pronto, quédense los lectores con este chisme tan frívolo de las metidas de pata que tuvo Peña Nieto al gobernarnos.