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Repito: la cátedra, por arraigo y real periodismo, no periodismo-ficción, debiera llamarse “José Alvarado” y no “Elena Poniatowska”. ¿Se lo he dicho a mi querido Doctor –otro Pepe­–Celso José Garza? Aún no. Se lo diré.
Jose Jaime Ruiz
febrero 5, 2018, 8:40 am

De vez en cuando viene bien –conviene, pues–, releer a José Alvarado, de quien Gabriel Zaid escribió: “Uno de esos lujos que hay que aprender a agradecer a la vida cotidiana es darse el lujo de leer la buena prosa diaria de José Alvarado”.

Hoy la cátedra de periodismo de la Universidad Autónoma de Nuevo León lleva el nombre de Elena Poniatowska. Un error, un craso error. La cátedra debería llamarse José Alvarado, quien vivió para ser rector de la UANL y, en uno de sus aciertos, orinarse frente al edificio del periódico El Norte (hermano mayor de Reforma). Su flujo fue la crítica exacta, oportuna, la más veraz que ha padecido ese medio de comunicación por las mentiras publicadas en contra de Pepe. Ya habrá tiempo para contar por qué Pepe se meó en el periódico de los Junco.

Repito: la cátedra, por arraigo y real periodismo, no periodismo-ficción, debiera llamarse “José Alvarado” y no “Elena Poniatowska”. ¿Se lo he dicho a mi querido Doctor –otro Pepe­–Celso José Garza? Aún no. Se lo diré.

De vez en cuando viene bien –conviene, pues–, releer a Pepe.

Los temas muertos

Por José Alvarado

“Suele suceder: la mañana tiene color rubio y todo objeto se ofrece a los ojos con alegría: el fragmento de un cartel sobre un muro, trémula cortina en el balcón, almena solitaria encima de casa vieja.

“Alguien camina y, de pronto, surge un tema en su mente. Un bello tema para hacer un ensayo, por ejemplo. Durante unos momentos, el tema lo colma todo de claridad y de júbilo; después suavemente, se repliega y comienza a mostrar algunas de sus artistas; brotan incluso las primeras frases.

“Pocos dí­as después, en tarde sobre la acera, aparece de nuevo; ofrece su rostro inicial, pero con otros rasgos: ha empezado a vivir y volverá en muchas ocasiones. Es un tema joven y lleno de promesas, audaz y fulgurante. Alguna vez caminará en silencio y a oscuras, a través del insomnio; cierto dí­a lanzará un relámpago en medio de la conversación y una noche será la compañí­a de pasos en calle negra.

“El ensayo parece terminado y sólo falta el momento de llevarlo al papel. Danzan con impaciencia ideas y frases, tiemblan palabras y un pequeño mundo está a punto de nacer. Pero el tema jamás llega a la tinta. Un dí­a más pequeño. Otro surge como un árbol de invierno con las hojas caí­das. Las hojas son las palabras ya marchitas sin llegar a escribirse. Acude noche de fatiga o madrugada con desesperación; el tema huye o muere; sólo deja su sombra. El ensayo, acaso con innata armoní­a, queda para siempre inescrito. ¿Cuántos hay de éstos? ¿Cuántos temas han quedado muertos en imaginaciones de malogrados o de triunfadores?

“Hay, en desconocida urbe, ciudadano sentimental: llora por los temas muertos. Algunos fueron suyos y los dejó morir.”

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