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Ni puertas al campo, ni peras al olmo. A los políticos les podemos exigir que acaten su función pública, pero no les podemos pedir que sean públicamente funcionales… es pedir demasiado. Recordemos a Isaiah Berlin...
Jose Jaime Ruiz
junio 26, 2012, 9:01 am

Ni puertas al campo, ni peras al olmo. A los políticos les podemos exigir que acaten su función pública, pero no les podemos pedir que sean públicamente funcionales… es pedir demasiado. Recordemos a Isaiah Berlin:

“¿Qué es tener buen juicio en política? ¿Qué es tener sabiduría política, estar dotado para la política, ser un genio político, o acaso ser nada más políticamente competente, saber cómo lograr que se hagan las cosas? Tal vez un modo de buscar la respuesta sea considerar lo que estamos diciendo al denunciar o compadecer a estadistas por carecer de estas cualidades. Lamentamos a veces que los ciegue el prejuicio o la pasión, pero que los ciegue ¿a qué? Decimos que no comprenden los tiempos en que viven, o bien que se resisten a algo llamado ‘la lógica de los hechos’, o que ‘tratan de hacer retroceder el reloj’, o que ‘la historia está contra ellos’, o que son ignorantes o incapaces de aprender, si no es que idealistas, visionarios imprácticos, utopistas hipnotizados por los sueños de algún pasado fabuloso o un porvenir irrealizable.

“(…) La cualidad que estoy tratando de describir es esa comprensión especial de la vida pública (o privada, puestas así las cosas) que poseen los estadistas de éxito, ya sean perversos o virtuosos –la que Bismarck tenía (de fijo un ejemplo notorio, en el último siglo, de un político provisto de considerable juicio político), o Talleyrand o Franklin Roosevelt o, visto así, hombres como Cavour o Disraeli, Gladstone o Atatürk, en común con los grandes novelistas psicológicos; algo señaladamente ausente en hombres de genio más puramente teórico, como Newton o Einstein o Russell, o inclusive Freud. Esto es cierto incluso en Lenin, a despecho del tremendo peso de teoría con que se cargo él solo.

“¿Cómo hemos de llamar esta clase de capacidad? Sabiduría práctica, tal vez, un sentido de lo que ‘funcionará’ y lo que no. Es en primer lugar, una capacidad de síntesis y no de análisis, de conocimiento en el sentido en que los domadores conocen a sus animales, los padres a sus hijos o los directores a sus orquestas. En oposición a como los químicos conocen la sustancias de sus tubos de ensayo, o los matemáticos las reglas a las cuales obedecen sus símbolos. Quienes carecen de esto, por muchas otras cualidades que posean, sin importar cuán listos, leídos, imaginativos, bondadosos, nobles, atractivos, dotados de otros modos puedan ser, son considerados, correctamente, como políticamente ineptos, en el sentido en el cual José II de Austria era inepto (y ciertamente era un hombre moralmente mejor que, digamos, sus contemporáneos Federico el Grande y Catalina II de Rusia, mucho más afortunados para alcanzar sus fines, y dispuesto con benevolencia mucho mayor hacia la humanidad), o en el cual los puritanos, o Jacobo II o Robespierre (o, por qué no, Hitler o aun Lenin al final) demostraron su inepcia para alcanzar cuando menos sus metas positivas.

“¿Qué es lo que sabían el emperador Augusto o Bismarck, pero el emperador Claudio o José II no? Es muy probable que el emperador José fuera más sobresaliente en lo intelectual y hubiese leído mucho más que Bismarck, y Claudio seguramente conoció mucho más hechos que Augusto. Sólo que Bismarck (o Augusto) conseguía integrar o sintetizar los soplos y fragmentos pasajeros, interrumpidos, infinitamente diversos, que constituyen la vida en cualquier nivel, ni más ni menos que todo ser humano, en alguna medida, debe integrarlos (si de sobrevivir se trata), sin pararse a analizar cómo hace lo que hace y si habrá justificación teórica de su actividad. Todo mundo tiene que hacerlo, pero Bismarck lo hacía en un terreno mucho más amplio, ante un horizonte más amplio de cursos de acción posibles, con poder mucho mayor; en un grado, de hecho, que muy correctamente puede describirse como genio. Por lo demás, los trocitos y pedazos que deben ser integrados –o sea verlos empalmados con otros trozos, aunque no compatibles con otros más, tal como se ajustan o dejan de ajustar en la realidad–, estos ingredientes básicos de la vida son en cierto sentido demasiado familiares, nos acompañan demasiado, estamos demasiado cerca de ellos, forman la textura de los niveles semiconsciente e inconsciente de nuestra vida, por cuya razón tienden a resistirse a una clasificación nítida”.