La Carpeta:
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Vale que el poder se comparta entre partidos y corrientes políticas, pero no entre el Príncipe y su críticos. Por su propia naturaleza, salud pública y alcance de miras, la prensa no puede ser Maquiavelo.
Eloy Garza
junio 18, 2012, 6:24 am

La comunicación política no es lo mismo que la comunicación mediática. Sus metas son divergentes: el poder pretende ampliar sus espacios de dominación; la prensa busca ampliar su influencia en la opinión pública. Si la comunicación del poder es exitosa, amplía sus redes de control; si la credibilidad del medio es exitosa, gana en imagen (es decir, en más tiraje, mayor circulación, venta de publicidad, etc.).

La estrategia de comunicación del poder es opuesta a la de los medios. Por las mismas razones, los recursos también son antagónicos: capacidad de persuasión en uno, apego a la veracidad en otro. El Príncipe manda, la prensa critica. Así de simple. Pero a veces, el poder compra al medio (lo “chayotea” decimos en México). O usa tácticas de distracción comunicativa. Una de éstas tácticas nació en EUA pero suele operarla el poder en México: le llaman Take out the trash day. El truco consiste en reducir el impacto de una nota haciéndola pública en día de asueto, Semana Santa o Navidad. Se trata de sacar la basura de forma discreta para que, al margen de la importancia de lo informado, el lector distraído no le preste atención.

En cambio, la prensa profesional investiga el reverso de la trama y hurga en la basura del poder. Saca del basurero lo que parecía deshecho pero trae larvas de sonado escándalo. O al revés: reduce a su justa dimensión las nimiedades que el poder pretende difundir como trascendentales: supuestos logros históricos en simple rehabilitación de parques y placitas; grandes metas cumplidas en bacheo de calles. Es el eterno duelo de Nixon (el poder, el Príncipe) versus The Washington Post (el crítico, la prensa).

¿Pero por qué la prensa  llega a usar la táctica Take out the trash day que es propia del poder político? ¿Por qué pierde la línea de flotación que marcó The Washington Post para querer ser Nixon? ¿Por qué amanece a veces queriendo ser Príncipe y no crítico? En las columnas de la prensa local se denuncia a funcionarios de segunda fila, burócratas de pacotilla y hasta asistentes carga-maletines, cuando hay administradores públicos de primer nivel que no existen en sus críticas. Eso es bullying. ¿Cuál periódico de prestigio en cualquier país del mundo sigue la práctica de columnear migajas?

En la prensa local se ejerce el bullying: no el periodismo sino el acoso mediático; no la información sino el hostigamiento; no el artículo de fondo sino el maltrato emocional a base de reiteración; es decir, a base de bullying. Es el traslape de la credibilidad en poder a secas; la confusión intencional entre criticar y mandar; entre acusar y ordenar; entre denunciar y gobernar. Lo llamo Periodismo-zombi: no ve, no escucha, no lee, sólo impone su agenda (otra manera de neurosis narcisista). Es Katherine Graham (la crítica) queriendo ser Nixon (el Príncipe).

De ahí los casos en que se persigue por semanas a políticos enanos; en que se minimiza a bandidos gigantes; en que se da coloratura intensa a trivialidades. Se carga las tintas en contra de unos y se absuelve a otros con amnesia periodística. Vale que el poder se comparta entre partidos y corrientes políticas, pero no entre el Príncipe y su críticos. Por su propia naturaleza, salud pública y alcance de miras, la prensa no puede ser Maquiavelo.