La Carpeta:
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El gobierno no ha sido capaz de explicarnos bien a bien en qué consisten las reformas Fiscal y Energética. Mucho menos ha podido, ni podrá, explicarnos cómo un instrumento legal que nos iba a beneficiar acabó haciendo la gasolina más cara, cuando ya era mucho más cara que en EU.
FELIX CORTES CAMARILLO
agosto 17, 2016, 7:59 am

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Antenoche, viendo la entrevista que, caminando por los patios de Los Pinos, el Presidente de la República le dio a Joaquín López-Dóriga, no pude menos que recordar la que al final de su sexenio le dio Gustavo Díaz Ordaz al doctor Demetrio Sodi Pallares, sentados frente a frente en sus poltronas.

Fuera de la movilidad de los protagonistas y la modernización de los recursos tecnológicos, el número de cámaras, los micrófonos invisibles y otras minucias, el contenido fue el mismo: aquí estoy frente a ti para que me digas a tu manera lo que todos los mexicanos quisieran preguntarme. En el caso de Díaz Ordaz, el 68 —“asumo toda la responsabilidad histórica”—, en el de Peña Nieto, en el 16, el fracaso de la imagen presidencial: “Yo no vine a la Presidencia para ganar una medalla de popularidad”.

A nadie se escapa que a estas alturas la popularidad del presidente Peña Nieto sólo puede competir a la baja con la de su protegido director del deporte mexicano por mandato presidencial, el licenciado Alfredo Castillo Cervantes. Más allá de la descalificación de Castillo por la superficialidad de su conducta, hay que decir en su descargo que los mayores argumentos en su contra han sido simplemente los de su ineficiencia, torpeza y soberbia, que por lo general vienen juntos.

El caso de su jefe es diferente, dado que su responsabilidad es mayor. Se le conjuntan, además de los pecados mencionados antes, los de supuesta corrupción, nepotismo en la modalidad de compadre o asociado ilícito, intolerancia a las voces críticas fuera del aparato de gobierno —pero, sobre todo dentro— y obcecación en lo que una vez, y a propósito de la disputa sobre la pintura mural mexicana, David Alfaro Siqueiros sintetizó en lo que parece goma del pensamiento político mexicano: no hay más ruta que la nuestra.

Dentro de los desatinos de la política presidencial de México se encuentra la incapacidad para implementar la columna vertebral de su planteamiento ideológico, traducido a las reformas llamadas estructurales. El equipo de Peña Nieto no ha sido capaz de explicarnos bien a bien en qué consisten las reformas fiscal y de energéticos. Mucho menos ha podido, ni podrá, explicarnos cómo un instrumento legal que nos iba a beneficiar acabó haciendo la gasolina más cara, cuando ya era mucho más cara que en Estados Unidos.

Pero por motivos comprensibles, el mayor bache es la Reforma Educativa y la manera torpe en que se ha manejado por los que el Presidente designó como sus herramientas para hacerla llegar a buen puerto, Osorio Chong y Nuño. A pregunta explícita de Joaquín, Chong y Nuño se quedan.

Los opositores necios, que acusan al gobierno sin razón siendo que son como son causa de lo que acusan, no tienen la misma opinión.

El asunto es que el problema de la educación en México no comenzó con el sexenio de Peña Nieto. Es polvo de viejos lodos, dejados en el camino por más de seis sexenios acumulados de corrupción, verticalismo, antidemocracia y tolerancia. Por ello, Peña Nieto no lo puede resolver. Aunque quisiera, que aparentemente no quiere.

Eso hace que la única respuesta que los mexicanos destacamos de la entrevista con Joaquín es el tímido compromiso de que va a aplicar su privilegio de ley de ejercer la violencia contra los que violan las leyes. Claro, cuando se agoten los recursos del diálogo y la conciliación.

Que es en lo que llevamos más de 18 meses todos los mexicanos, pacientes, jodidos, sufridos e incapaces de levantar la voz.

Si no estamos, claro, en la CNTE.