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Esta indicación de procedencia es buena para que un país no le agandalle a otro sus productos tradicionales. Pero es muy mala cuando una entidad federativa lo acapara en perjuicio de otras que también lo han producido ancestralmente con igual éxito. Por ejemplo, el coñac sólo se da en algunos cru franceses porque así ha sido por tradición, además de que el clima, la tierra, el ecosistema, les es propicio para eso.
Eloy Garza
septiembre 5, 2018, 8:38 am

Hace ciento cincuenta años, en Villaldama Nuevo León se producía el mejor mezcal de México. Así lo escribió en un informe el célebre general Manuel Mier y Terán y así lo contaban los abuelos. A los lugareños les iba mejor comerciando su mezcal que explotando la mina. Al paso del tiempo, y porque todo por servir se acaba, se agotó la mina pero les quedó el mezcal. Finalmente, se quedaron sin una cosa y sin la otra. ¿Por qué? Por una exclusividad legal totalmente injusta que se llama Denominación de Origen.

Esta indicación de procedencia es buena para que un país no le agandalle a otro sus productos tradicionales. Pero es muy mala cuando una entidad federativa lo acapara en perjuicio de otras que también lo han producido ancestralmente con igual éxito. Por ejemplo, el coñac sólo se da en algunos cru franceses porque así ha sido por tradición, además de que el clima, la tierra, el ecosistema, les es propicio para eso.

Pero si el coñac es un tipo de brandy, el mezcal es toda aquella bebida que parte de muchos tipos de maguey, que crecen lo mismo en Nuevo León que en Oaxaca. Sin embargo, los nuevoleoneses ya no pueden producirlos y comercializarlo por culpa de la Denominación de Origen y por culpa del gobernador de Oaxaca, Alejandro Murat. Según esto, ya son 12 los estados que lo producen. ¿Y cuál sería el problema si fueran 13 o 20? Qué habría más competencia para los mezcaleros oaxaqueños. ¿Y desde cuando la competencia comercial es mala?

Según Murat, y el Consejo Regulador del Mezcal, si la Denominación de Origen del tequila abarca 100 kilómetros cuadrados (dato que a sus ojos está muy bien), la del mezcal abarca 500 mil kilómetros cuadrados, dato que les provoca repulsión. ¿Pero por qué ese desprecio a otros estados productores si allá se dan también las mismas condiciones de suelo, climáticas e históricas para producir mezcal? La batalla comercial debería darse en el comercio exterior, no en el interno. Si los oaxaqueños son los mejores productores de mezcal, el mercado se los premiará mejor que convocando marchas y plantones públicos contra el IMPI, entidad pública que bastaría con que sancionara los fraudes y piraterías en el comercio de esta bebida, tanto si se dan indistintamente en Oaxaca como en Nuevo León.

También es cierto que en Oaxaca la producción de mezcal se reduce en buena medida a un puñado de ricos, y que la Ruta del Mezcal está plagada de palenques fantasmas, que no producen nada, y sólo se fundaron artificialmente para incrementar las estadísticas oficiales del señor Murat. No se hagan patos. Quitemos pues la exclusividad legal acotada a un espacio geográfico mezcalero y regresemos la producción artesanal a otras entidades que lo hicieron hasta épocas recientes. Y por mi madre, aunque le pese a Alejandro Murat, el mejor mezcal de México es de Villaldama, Nuevo León. El patriota Mier y Terán y nuestros abuelos no mentían, porque eran buenos mexicanos, además de catadores de prosapia.