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Lo único que han logrado las manipuladas encuestas de popularidad es la catalización de las voluntades y las opiniones.
FELIX CORTES CAMARILLO
mayo 31, 2018, 10:35 am

Las de este año serán indudablemente las más disputadas elecciones presidenciales que México haya registrado. Finalmente, se dio en conjunción el hartazgo provocado por la corrupción de los partidos políticos que han alternado en el ejercicio del poder con la maduración de los mexicanos en el sentido cívico. A diferencia de anteriores elecciones, el abstencionismo no será protagonista en esta ocasión; el voto joven se antoja que debe ser numeroso. Mayormente, debe ser un voto de castigo a la institución política del país.

Por estos dos factores la nueva cultura de las encuestas, que no son más que instrumentos de la mercadotecnia para hacernos creer cómo pensamos, se ha impuesto como el nuevo testamento de nuestra Biblia. Yo he conducido personalmente una encuesta entre mis familiares, amigos, compañeros de trabajo y conocidos. Yo mismo nunca he sido objeto de ninguna encuesta y tengo más de cincuenta años de estar interesado en el destino político de mi país. Nadie en mi familia ha sido encuestado jamás. No conozco a nadie que lo haya sido. Estoy seguro que usted tampoco.

Dime qué resultados quieres de la encuesta y yo te la hago, parece ser el lema. El mismo día aparece una que le da a Andrés Manuel más de cincuenta por ciento de inclinaciones a votar por él que otra que pone a Anaya al mismo nivel o la que le concede a Meade el mismo nivel de popularidad. Nada de eso es cierto. La verdadera encuesta se va a realizar el primero de julio. Y el ganador, como en el memorable tango, llegará adelante por una cabeza.

Lo único que han logrado las manipuladas encuestas de popularidad es la catalización de las voluntades y las opiniones.

La radicalización ha tocado al sector empresarial de nuestro país. Temerosos de decir su nombre —cosa que deben hacer, puesto que está en su derecho— los empresarios mexicanos se han manifestado de forma diversa para orientar a los empleados de sus empresas sobre la forma en que deben votar, obviamente en contra de Andrés Manuel López Obrador.

La ingenuidad de estos llamados es clarísima. Los mexicanos ya no estamos para votar por convocatoria, aunque sea del jefe. Pero la desesperación de los Larrea, de las enormes concesiones mineras del noroeste, o de los Baillères, por todo el territorio nacional, es muy comprensible. Pese a que lo niega sistemáticamente, Andrés Manuel va en contra del modelo económico que desde el gobierno de José López Portillo se impuso en nuestro país y se consolidó primero con Miguel de la Madrid y luego, definitivamente, con Carlos Salinas de Gortari.

Falta exactamente un mes y un día para que vayamos a las urnas. Lo único rescatable de las convocatorias electoreras de los empresarios es que todos debemos votar con el cerebro, no con las entrañas de más abajo. Sobre todo, no por los que las encuestan dicen que son nuestros favoritos sin habernos preguntado nunca nada. En los próximos 26 días, según la estaliniana ley electoral de México, pueden pasar muchas cosas.

Ojalá que no sean violentas.

PILÓN.— Si alguien tiene acceso al presidente Peña, aconséjenle que ya no haga discursos rogando la merced de los mexicanos que somos incapaces de ver lo bueno. De los compromisos firmados ante notario —te lo digo y te lo firmo— quedan un buen tercio por cumplir. Digo.