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El objetivo es muy claro. Se trata de hacer de la economía estadunidense un atractivo campo de aterrizaje para los capitales golondrinos que andan volando por doquier en busca de sus mejores beneficios.
FELIX CORTES CAMARILLO
diciembre 21, 2017, 7:07 am

De los cien integrantes del Senado, 51 votaron a favor y 49 en contra de la aprobación de la reforma fiscal que les envió el presidente Trump y que ya habían aceptado los diputados. El senador McCain no votó debido a su ausencia por enfermedad. Antes de que llegue la Nochebuena el Presidente habrá de firmar y emitir la nueva reglamentación, que puede tener consecuencias mucho más graves que las modificaciones que se pretende hacer al tratado de comercio libre en Norteamérica, cuya siguiente y decisiva ronda de conversaciones se va acercando. Más del 50% de los ciudadanos no está de acuerdo.

El asunto es sencillo: cumpliendo una de sus promesas de campaña, Trump ha decidido reducirle los impuestos, de manera significativa, a las grandes corporaciones: del 30 al 21 por ciento. Para el pago de los individuos, del impuesto sobre la renta, la cosa no es tan sencilla. En su régimen fiscal, los estadunidenses tienen siete categorías de tasa, hasta ayer del 10% sobre el ingreso después de exenciones, hasta el 39.6 porcentual. En el nuevo régimen que se dice temporal hasta el 2025, cuando se hará nuevos ajustes conforme al incremento de la inflación, la tasa mínima de 10% queda igual, mientras que la más alta bajará al 36. Uno de los atractivos del plan es la desaparición —también temporal— del impuesto a la herencia.

El objetivo es muy claro. Se trata de hacer de la economía estadunidense un atractivo campo de aterrizaje para los capitales golondrinos que andan volando por doquier en busca de sus mejores beneficios. Muchos de esos capitales andan en tierras mexicanas y si Trump les ofrece mejores condiciones y trato más benevolente, emigrarán como es su costumbre.

Los que manejan la economía de nuestro país no pueden permitirse el lujo de esperar a la transición de 2018 para tomar medidas que impidan o, al menos, reduzcan esas fugas. Ante una sociedad que ya no soportaría más gasolinazos u otra medida de mayor captación impositiva, lo único que nos queda es la tan temida modificación al impuesto al valor agregado, esto es, el impuesto al consumo. Durante años hemos insistido en que la tasa del 16% debe reducirse al diez o 12%, a cambio de hacer el impuesto extensivo a las medicinas y alimentos. De otra manera, el próximo Presidente de este país se va a encontrar sin dinero que administrar.

Gane quien gane.

PILÓN.- Durante el ejercicio de la presente administración el tema de la salud del presidente Peña ha sido objeto de flujo y reflujo en el chismorroteo que caracteriza la vida pública de los mexicanos. El aspecto físico y su salud ha llamado mucho la atención, especialmente alrededor y después de la intervención quirúrgica a la que Peña fue sometido y de la cual nunca se dieron los suficientes informes.

Los ciudadanos tienen derecho a saber la condición física —y mental— de sus gobernantes. Ya deben haber pasado al olvido los tiempos en que un presidente, López Mateos, agonizaba en su oficina víctima de los dolores del aneurisma, mientras su secretario particular cumplía con las funciones del Presidente.

Los candidatos de Morena y del PAN han echado a chacota la sugerencia del señor Meade a que se dejen hacer exámenes toxicológicos y de salud física y mental. Andrés Manuel, luego de una limpia que le hicieron en Oaxaca, afirmó no haber fumado nunca la mariguana, pero la recomendó, junto con el peyote, para la reuma. El joven Anaya salió con la sugerencia de que le hagan a los priistas un examen de conciencia.

El asunto no es de chiste.

¿O es que quieren que los mexicanos no los tomemos en serio?

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