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Pero, un momento: ¿o es eso —que podrían acabarse las transas para hacer negocios fáciles, en complicidad con el gobierno y sin ninguna productividad— lo que no gusta?
Federico Arreola
noviembre 27, 2018, 12:42 pm

“No creo en el buen gusto”, dijo Gianni Versace, famoso diseñador italiano. ¿Creía Versace en el mal gusto? No lo sé. El tipo me decepcionó un día que vi, en el centro comercial de McAllen, Texas unos horrorosos y carísimos calzones para hombre con su logotipo. Penosa decadencia la de una marca cuando pasa de las refinadas calles italianas al tercer mundo texano.

Si el mal gusto son los calzones marca Versace, ¿cómo definir al buen gusto? He investigado y lo más razonable que encontré sobre el tema se atribuye a Albert Camus. Si internet tiene razón, el genial escritor diagnosticó que “el buen gusto consiste en no insistir”. Esto es, en no estar chingue y chingue con lo mismo.

En efecto, buen gusto es no estar neceando, vale decir, no actuar como tantos columnistas económicos de los periódicos que todos los días joden con el anuncio del fin del mundo porque a Los Mercados ya no les gusta nada de lo que ven en México.

¿Son economistas de verdad los comentaristas de temas financieros y de negocios de los diarios mexicanos? Pregunto sin ganas de molestar. Lo hago simplemente para ver si alguien me da una respuesta. ¿Sabe Carlos Mota, de El Heraldo de México, algo medianamente sólido, esto es, explicado con matemáticas no elementales, acerca de la ciencia económica? ¿Darío Celis, de Excélsior, es experto en una disciplina que para ser abordada correctamente requiere de instrumentos analíticos complejos?  ¿Enrique Quintana, de El Financiero, entiende los fundamentos de una disciplina científica que exige actualización permanente? ¿Alberto Aguilar, de El Heraldo, podría discutir con rigor sobre economía? ¿David Páramo, de Excélsior, puede ser tomado en serio como economista?

No soy especialista en economía ni en epistemología, pero algo he leído. Creo que estoy en condiciones de afirmar que, una de dos; (i) o los citados periodistas —y muchos otros como ellos— son verdaderos embaucadores que repiten a tontas y a locas lo que escuchan por aquí o por allá, o (ii) de plano son las mentes brillantes que encabezan una revolución científica en el pensamiento económico.

Para ellos, la economía toda se reduce a un asunto de “gusto”, esto es, a la acción de saborear. Toda la teoría económica no es más que un sofisticado tema gastronómico o un pervertido problema de apetito sexual.

En resumidas cuentas, los columnistas especializados en finanzas, afirman a diario que si se le da gusto a Los Mercados, los mexicanos ya chingamos.

En cambio, si no se les da gusto a Los Mercados, entonces nos chingamos.

Veamos el caso de Gerardo Esquivel, economista —este sí formalmente preparado en algunas universidades y suficientemente actualizado— que ha sido propuesto por el futuro secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, para ir al Banco de México.

¿Qué dijeron de tal nombramiento los analistas económicos de los periódicos? Simplemente, cito a uno de ellos, Alberto Aguilar, que Esquivel “no gusta” a Los Mercados. Así nomás: “no gusta”. Como el niño que rechaza la ensalada o como la novia que le corre a su pareja con halitosis.

Algo así ha expresado otro columnista, Enrique Quintana: que el problema con Esquivel no es que disguste del todo a Los Mercados, sino que gusta nomás poquito, o al menos no tanto como el otro nominado por el equipo de AMLO para el Banxico, Jonathan Heath.

¿Esquivel “no gusta”? Carajo, ¿cómo lo querían Los Mercados? ¿Musculoso? ¿Más alto y mejor peinado? ¿Con diplomas en sadismo sexual? ¿Sazonado con jugo de limón?¿Asado en leña de mezquite?

El caso es que estamos ante un descubrimiento de enorme trascendencia: el desarrollo económico de un país depende de qué tanto placer sientan Los Mercados al saborear las políticas económicas que se instrumenten y también la personalidad de quienes las diseñan o regulan.

Lo curioso es que desde el sexenio de Carlos Salinas, hace ya 24 años —y aun desde antes, probablemente desde el gobierno de De la Madrid—, los gobiernos de México se han especializado en dar gusto a Los Mercados, ¿y qué ha pasado con la economía nacional? Respuesta: que no ha salido de jodida.

Los Mercados han saboreado con gran placer todas y cada una de las decisiones tomadas en los últimos 30 años en Los Pinos, la Secretaría de Hacienda y el Banxico, pero a la gente —la mayoría, de clase media para abajo— nomás no le ha ido bien: de hecho, le ha ido muy mal a demasiados millones de mexicanos.

Para demostrar lo anterior sin mayor enredo analítico ahí están los pobres, decenas de millones, ni siquiera marginados en sus barrios, sino permanentemente malviviendo en las calles más elegantes de nuestras grandes ciudades. Ahí está también la gente con estudios profesionales de alto nivel y con buenos empleos, que batalla en exceso para pagar la hipoteca y el coche, que se las ve negras para financiar unas simples vacaciones y que tiene que renunciar a muchos de sus consumos —ni siquiera de lujo—para mantener el seguro de gastos médicos o ahorrar para la universidad de los hijos.

Si el buen gusto consiste en no insistir, como dijo Camus, suplico a tantos columnistas que ya se dejen de estar chingando con el cuento de que había una vez un país maravilloso llamado México que conoció una época de gran prosperidad porque supo darle gusto a Los Mercados y que entró en crisis solo porque llegó un presidente que disgusta a los operadores financieros y a sus voceros de los diarios locales y globales… en efecto, un presidente que no les gusta… 

¿Por qué el nuevo presidente no gusta a Los Mercados? La verdad de las cosas ni Los Mercados saben bien a bien por qué, ya que lo cierto es que AMLO no ha hecho nada en contra de la lógica empresarial decentemente entendida ni tampoco para atentar contra la esencia del sistema capitalista que, se supone, funciona mejor sin la corrupción que a unos pocos ha enriquecido y a decenas de millones empobrecido…

Pero, un momento: ¿o es eso —que podrían acabarse las transas para hacer negocios fáciles, en complicidad con el gobierno y sin ninguna productividad— lo que no gusta?

Es decir, ¿el asquito de Los Mercados ante el gobierno que ya viene tiene que ver más bien con el hecho de que sus operadores y beneficiarios le han tomado gusto al dinero rápido y en grandes cantidades basado en arreglos con gobiernos chuecos, un gusto que dejó de ser apetito para transformarse en gula, esto es, en peligrosa obsesión?