La Carpeta:
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Por fortuna, los hondureños que integraron la primera ola de esta migración masiva rechazaron con firmeza la oferta del próximo gobierno. Muchas gracias, pero entre ser pobres en México y ser pobres en Estados Unidos, prefieren la pobreza en billetes verdes. Si hubieran aceptado la generosa oferta, el desasosiego de los mexicanos pobres pudo haber llevado a situaciones de molestia extrema.
FELIX CORTES CAMARILLO
noviembre 19, 2018, 9:55 am

No hacía falta que pasara mucho tiempo para que el romance del gobierno mexicano con las caravanas de migrantes centroamericanos que han invadido nuestro país hiciera crisis. El síndrome de “ésta es tu casa” tenía que ceder muy pronto al de “candil de la calle...”.

Eso ha sido notorio en las localidades fronterizas de nuestro Norte, que son las que mayormente tienen que sospechar que los miles de peregrinos del hambre y el miedo se van a estacionar en sus comunidades, de por sí mal dotadas, con las consecuentes pugnas de índole social, económica,de clase y de criminalidad.

El fenómeno fue causado principalmente por esa vocación al centralismo autoritario en que los gobernantes nuevos de nuestro país suelen caer. El presidente electo López Obrador se aceleró al anunciar la bienvenida a los grupos migrantes de manera indiscriminada. Los que no tenían papeles recibirían legitimidad del Instituto Nacional de Migración a su primer pedido. Todo aquel centroamericano que lo quisiera podría quedarse a vivir en nuestro país permanentemente recibiendo los beneficios sociales que corresponden a los nacionales, que no siempre los reciben con la presteza y eficiencia que se suponen. ¿Trabajo quieren? Trabajo tendrán incluso ahí donde el desempleo de los mexicanos es notable.

Por fortuna, los hondureños que integraron la primera ola de esta migración masiva rechazaron con firmeza la oferta del próximo gobierno. Muchas gracias, pero entre ser pobres en México y ser pobres en Estados Unidos, prefieren la pobreza en billetes verdes. Si hubieran aceptado la generosa oferta, el desasosiego de los mexicanos pobres pudo haber llevado a situaciones de molestia extrema.

Ese es el peligro que hoy tienen encima las autoridades municipales de Tijuana, Ciudad Juárez, Laredo, Reynosa y Brownsville: aun si les animara el mismo espíritu de solidaridad caritativa que impulsó al gabinete entrante, ellos no tienen los fondos suficientes para darle a los miles de migrantes casa, comida y sustento ya no digamos de la calidad más elemental, sino de la que ellos están esperando. A veces exigiendo.

En Playas de Tijuana, en los alrededores de Ciudad Juárez, los primeros indicios de roces entre los residentes mexicanos y los nuevos vecinos extranjeros se han comenzado a presentar: por el momento se han reducido a gritos y sombrerazos. En paralelo, los primeros indicios de delitos menores por parte de los centroamericanos comenzaron a brotar.

Lo peor es que este es un callejón sin salida. Mientras el presidente Trump no cederá de ninguna manera a la invasión migratoria, con papeles o sin ellos, al gobierno mexicano no le queda más remedio que aceptar el compromiso que la nueva administración adoptó sin que nadie se lo pidiera. La única solución sería la deportación de todos los extranjeros en situación de irregularidad en México, de acuerdo con sus leyes migratorias que —aunque se ignore— siguen siendo válidas en este México lindo y querido.

PILÓN.- El número de ocho decenas de muertos en los incendios forestales del norte de California es muy conservador, si tomamos en cuenta los centenares de desaparecidos. Es obvio que entre esos desaparecidos se encuentran los mexicanos indocumentados que no van a sacar la cabeza para que la migra detecte su condición y proceda en consecuencia. Pero no cabe duda que estos incendios son los peores que la historia de California registra, y que el presidente Trump, obcecado en no entender el daño que el sobrecalentamiento del planeta le está haciendo, no va a cambiar el rumbo.