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No por previsto, el fenómeno deja de ser dañino, tampoco deja de ser cíclico.
FELIX CORTES CAMARILLO
agosto 22, 2016, 10:59 am

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En homenaje apropiado a la llamada lengua nacional, háigase dicho lo que se haiga dicho, esta mañana de lunes el ciclo escolar no se ha iniciado con la celeridad y exactitud que marca el calendario escolar de la Secretaría de Educación Pública en todas las escuelas oficiales de la República Mexicana. Por lo menos en los estados de Oaxaca, Michoacán, Guerrero y Chiapas, con el probable apoyo de algunos emuladores en otra geografía.

No por previsto, el fenómeno deja de ser dañino, tampoco deja de ser cíclico.

Solamente en Oaxaca, un millón trescientos mil niños y niñas se quedarán sin clases. Durante el ejercicio del gobernador Ulises Ruiz —del 1 de diciembre de 2004 al 30 de noviembre de 2010—, en las 13 mil 884 escuelas de instrucción básica se perdieron por paros, plantones, marchas, bloqueos y otras linduras a las que ya nos estamos acostumbrando 128 días del calendario escolar. Eso equivale a un año completo de instrucción, aunque se hizo el simulacro, una vez pactadas las supuestas soluciones a los problemas que originaron la lesión, de reponer las horas, los días y los pasos perdidos mediante horarios extracurriculares. Todos sabemos que eso es una mera simulación. Durante el mismo periodo, en el estado de Oaxaca hubo 180 conflictos de los que poco se reportó y publicó. En 180 ocasiones, los padres de familia se negaron a seguir el dictado de los maestros de la CNTE, Sección 22, para cerrar las escuelas en aras de los “principios rectores” aprobados por ellos mismos en 1988. Los padres apoyaron a la Sección 59 y abrieron a fuerza las escuelas. Un fenómeno que en los últimos meses se ha repetido, con escaso eco en los medios y realmente poca efectividad ante la belicosidad de los “coordinados” en su simulación de lucha democrática.

Simulación es lo que hoy, 22 de agosto, estamos viviendo. El presidente Peña Nieto insiste en que seguirá agotando todas las posibilidades de diálogo con los disidentes antes de hacer uso legítimo de la fuerza del Estado. Los dirigentes de la CNTE dicen que no se haga loco, que, si no le da reversa a la Reforma Educativa, ellos no van a cejar en sus empeños. Sus empeños insisten, por el momento, en recular en lo de la reforma y en destituir al secretario de Educación. Peña Nieto no lo va a hacer porque, aunque tenga unos asesores de cuarta, sabe perfectamente bien que si cede hoy tendrá que ceder mañana. Que si hoy sacrifica a su supuesto delfín Nuño, mañana le pedirán la cabeza de Osorio Chong y pasado la de Videgaray, para acabar la semana que viene con la del propio Presidente de la República. Mi abuela diría que no tienen llenadera.

Lo peor del asunto es que este conflicto no tiene salida, porque ninguna de las dos partes va a ceder, y la única opción de todos tan temida es un desenlace de provocación, autoridad y sangre al estilo del Olímpico 68. No hay mexicano, de uno de los tres lados, que quiera que eso se presente de nuevo.

Pero, entonces, ¿qué es lo que queremos los mexicanos?

Yo no creo que favorezcamos la opción de seguir apacentando borregos y camellos que persiguen fines meramente políticos, de opciones de poder, de alianzas y rupturas. Pero sobre todo, en un país que se nos está deshaciendo entre los dedos, sumido en una crisis de inseguridad, violencia ciega, venganzas, secuestros y violaciones, mientras nuestros hijos y nietos —el futuro de la Patria, dicen todos— se quedan sin saber la regla de tres simple ni la tabla del ocho ni el tiempo pluscuamperfecto de los verbos. De ellos, sobre todo, sin aprenderse el futuro.

Que se quede el infinito sin estrellas.

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