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El robo es un escándalo de seguridad nacional, pero hay algo peor: el fracaso del nuevo sistema de aplicación de la justicia.
FELIX CORTES CAMARILLO
abril 12, 2018, 6:40 am

Las revelaciones que hizo primero en Los Pinos y luego a quien se las quiso oír don Carlos Treviño Medina, director general de Pemex, son aterradoras. Los piquetes a los ductos de combustible de la principal empresa de México, el robo de gasolina y diesel y su venta en el mercado negro causar un perjuicio a la nación por treinta mil millones de pesos. En poco más de un año se han descubierto más de mil trescientas tomas clandestinas. También se sabe que autoridades de diferentes cuerpos encargados de la seguridad de esos ductos participan en el latrocinio. Se han detectado seis mil seiscientos vehículos dedicados a este ilícito, entre camionetas, camiones y pipas.

Para tener una idea de la proporción de fuerzas, Pemex tiene en total mil quinientas pipas para el abasto de todo el país.

El robo es un escándalo de seguridad nacional, pero hay algo peor: el fracaso del nuevo sistema de aplicación de la justicia que ha puesto a los criminales en la calle y a los ciudadanos encarcelados en la inseguridad.

En los últimos quince meses, según el señor Treviño, las fuerzas del Ejército, la Marina y algunas policías decentes que todavía quedan, han capturado in fraganti a dos mil doscientos rateros. Con pipas, tanques y bidones listos para ser llevados a sus centros de distribución, llenos de combustible robado. Estas ratas fueron consignadas, con las pruebas pertinentes, a los agentes del Ministerio Público. Los señores del poder judicial tuvieron que resolver la situación de estos señores, de acuerdo con el nuevo sistema de impartición de la justicia.

Precisamente ése que obliga a los medios de comunicación a ocultar la identidad y parte del rostro de los criminales cuando son consignados. De los dos mil doscientos consignados por estar robando combustible a Pemex, solamente el tres por ciento de ellos, alrededor de sesenta y tres individuos, siguen en la cárcel. Los demás, puesto que se debe presumir su inocencia mientras no se les prueba la culpabilidad en un largo y farragoso proceso, siguen robando.

La amarga experiencia prueba que la intención de copiar el sistema norteamericano de impartir la justicia ha sido un fracaso y ha terminado por alentar al crimen organizado y dejar en libertad a los delincuentes.

Pero hay algo más: cuando empezó el fenómeno del huachicoleo, yo recuerdo un domingo en el valle de La Marquesa, donde no había una gasolinería en kilómetros a la redonda. Y mi imprudencia no había detectado el nivel indicador en el tablero de mi auto. Aterrado, pedí ayuda y no faltó quien me indicara que a unos kilómetros de ahí, en un estanquillo al lado de la carretera, podría comprar gasolina. Así lo hice.

Eso ha dejado de ser cierto. El menudeo del robo hormiga ha sido sustituido por el crimen organizado. Es muy fácil de entender: si la Secretaría de Hacienda puede tener acceso a lo que vende una gasolinería y comparar la cifra —en litros— de lo que le compra al monopolio vendedor de gasolina, hasta hoy, que es Pemex, se verá que los números no cuadran. Que el robo de combustibles no es menudista, sino en gran escala y que hace falta una medida radical para poner fin a esta lacra.

Sólo hace falta una decisión. Que vengan los bomberos.