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Después de que publiqué anoche el artículo “Querido Andrés Manuel:”, que era nada más una breve carta dirigida al presidente de México, recibí un mensaje, por WhatsApp, de mi amigo Ciro Gómez Leyva, periodista de Imagen TV y Radio Fórmula.
Federico Arreola
diciembre 1, 2018, 6:59 am

WhatsApp

Después de que publiqué anoche el artículo “Querido Andrés Manuel:”, que era nada más una breve carta dirigida al presidente de México, recibí un mensaje, por WhatsApp, de mi amigo Ciro Gómez Leyva, periodista de Imagen TV y Radio Fórmula.

Ciro me llamó, con otras palabras, vulgar oportunista. Me dijo:

“Creo que nunca, hasta esta noche, dijiste que Peña era un presidente deshonesto”.

Se refería el señor Gómez Leyva a una de las últimas frases de mi artículo: “Mereces (Andrés Manuel) el cargo de presidente de México y, la verdad sea dicha, México ya merecía un presidente honesto como tú”.

Escribí eso porque es lo que pienso. Lo expresé además genuinamente emocionado porque un hombre al que aprecio y traté en lo personal varios años llegará a la Presidencia de México.

Como el reproche de Ciro me parece injusto, trataré de explicarle que, a veces, él no analiza las cosas correctamente.

Las palabras

Visto superficialmente el reproche de Ciro sería irrefutable: si Andrés es el primer presidente honesto, entonces todos los demás —Enrique Peña Nieto incluido— han sido deshonestos.

Sí, el razonamiento del colaborador de Radio Fórmula e Imagen TV sería perfecto… si las palabras tuvieran un único significado. Pero no es así.

Veamos.

La palabra “honestidad” significa “cualidad de decente, decoroso, razonable, pundonoroso, honrado, justo”.

Presidentes que no robaron o que al parecer no lo hicieron 

En WhatsApp respondí a Ciro que a otros dos presidentes tampoco les dije deshonestos en el sentido de que tomaban dinero público para su beneficio: Ernesto Zedillo y Felipe Calderón.

A Ciro le consta que si me topo con Calderón y este hombre me ofrece su mano para saludarme, lo dejo con el brazo extendido y le digo simplemente: “A ti no te saludo”.

No hace muchos meses en un restaurante del sur de la Ciudad de México en el que comía con Gómez Leyva, eso, tal como lo cuento, ocurrió. Ciro lo sabe.

Pero que desprecie profundamente a Calderón no me quita la objetividad.

Así que, en mi opinión, la deshonestidad de Felipe Calderón no tiene que ver con haberse enriquecido en Los Pinos. Él puede caminar por las calles y los establecimientos comerciales de todo México con absoluta tranquilidad —hay gente que le aplaude, también me consta: lo vi en el aeropuerto de Monterrey— simple y sencillamente porque después de haber ejercido el poder presidencial sigue viviendo como una persona de clase media.

Seguramente Calderón no robó dinero, pero… sí se robó las elecciones. Suficiente para no incluirlo entre los gobernantes honestos.

Creo que Zedillo tampoco desvió recursos públicos y en lo político hizo algo admirable: crear condiciones después de 1994 para que la entonces oposición de derecha e izquierda llegara, primero, al gobierno de la Ciudad de México con Cuauhtémoc Cárdenas, y después a la Presidencia de la República con Vicente Fox.

¿En qué falló Zedillo? Para empezar, en el valor de la amistad. Fue desleal, así de plano, con la memoria de Luis Donaldo Colosio. Eso no es propio de gente honesta.

Zedillo también faltó al decoro —en este contexto uno de los principales sinónimos de honestidad— desde el momento mismo en que empezó su campaña poco tiempo después del asesinato de Colosio.

Como candidato, Luis Donaldo, a pesar de las presiones del Estado Mayor Presidencial, utilizaba bastante aviones comerciales para viajar por el país. Zedillo, en cambio, se la creyó y rápidamente cayó en el vicio de aislarse volando en aeronaves privadas.

En la segunda mitad de los noventa México necesitaba que el PRI se fuera de Los Pinos, pero no bastaba. Hacía falta también quitarle a la Presidencia el sello de ostentación y derroche que ha mantenido a las instituciones políticas y a sus dirigentes tan lejos de la gente común y corriente.

Zedillo no tomó dinero público, pero —cito a Fidel Herrera— se dedicó a disfrutar al máximo la dicha inicua de “estar en la plenitud del pinche poder”.

EPN y su avión

Cuando me han preguntado algunos colaboradores de Enrique Peña Nieto por qué le fue tan mal al PRI en las elecciones, respondo con cuatro palabras: “por el avión presidencial”.

Antes de que el avión que no tenía ni Obama llegara a México entrevisté a EPN en Los Pinos.

Como introducción a dos o tres preguntas que para mí eran fundamentales, le recordé a Peña que SDP Noticias había nacido como El Sendero del Peje y que yo, en lo personal, quería mucho a López Obrador. Peña Nieto me dijo: “Lo sé” y se preparó para responder las preguntas que, como le dije, tenían que ver con inquietudes de Andrés Manuel.

Una de tales preguntas fue la de por qué no vendía, antes de recibirlo, el avión presidencial cuya compra había ordenado Felipe Calderón y que, por lo que se sabía, era tan costoso y tan lujoso que iba a ofender al pueblo de México.

Peña Nieto comentó esa vez que había pedido al entonces secretario de Hacienda, Luis Videgaray, evaluar la conveniencia de deshacerse del avión.

No mucho tiempo después de aquella entrevista Videgaray concluyó que se iba a perder dinero con la venta de la aeronave.. y no se vendió.

Lo escribí muchas veces y lo expresé en persona a todos los que me quisieron escuchar en el gobierno de EPN: perder dinero a veces no importa tanto, ofender a la gente que batalla para pagar sus gastos elementales es muy grave.

El decoro, el pundonor, la honestidad, Merkel en vuelo comercial

Según el Diccionario de la lengua española, “honestidad” es la “cualidad de honesto”.

Y “honesta” es la persona “decente, decorosa, recta…”.

Significado de “decoroso”, según el citado diccionario de la Real Academia Española: “dicho de una persona que tiene decoro y pundonor”.

¿Qué es el “pundonor”? Simplemente, el “sentimiento que impulsa a una persona a mantener su buena fama y a superarse”.

¿Por qué Enrique Peña Nieto no quiso cultivar su buena fama deshaciéndose del faraónico avión? No lo sé.

¿Por qué EPN jamás viajó, como presidente, en aerolíneas comerciales? No lo sé.

¿Por qué esa falta de pundonor? Solo puedo atribuirla a consejo sus estrategas: el presidente no puede convivir con la gente en un ambiente de espontánea libertad.

Muchos de los colaboradores de Peña Nieto me dijeron que por razones de seguridad era imposible que el presidente de México viajara como cualquier ciudadano.

Ahora vemos que eso es falso: Andrés Manuel se la pasa en los aeropuertos rodeado de otros pasajeros… y todos felices y contentos, o también molestos por los retrasos, las filas, el mal servicio, etcétera.

A la canciller alemana Angela Merkel le falló el avión del gobierno de su país, que es una potencia económica. ¿Qué hizo la respetada líder mundial? Consiguió un vuelo a Madrid y ahí tomó un avión comercial de Iberia —en clase ejecutiva, ni siquiera en la primera y más cara sección del avión— para viajar a Buenos Aires. Sin mayor problema, sin complejos mamones.

Por cierto, creo que Andrés Manuel debe tomar el teléfono, llamar a la señora Merkel, sugerirle que se deshaga de la carcacha del gobierno alemán que ya no vuela y ofrecerle en venta el avión que tanta envidia le generó a Obama.

He contado en otros artículos que, en 2006, en Puerto Vallarta, Andrés Manuel perdió un vuelo de Aeroméxico a la capital de nuestro país. No fue su culpa: la aerolínea canceló la operación por no sé qué razón.

Yo estaba esa vez con López Obrador. Él tenía prisa por llegar a la Ciudad de México para cumplir a la mañana siguiente un compromiso importante.

El vuelo cancelado era el último de ese día. Solo le quedaban dos opciones si quería llegar a la capital a tiempo para su cita: viajar en carretera toda la noche o aceptar el ofrecimiento de tomar un avión privado que alguien —de su entera confianza y sin ningún tipo de negocios con el gobierno— le ofreció.

dudaraAndrés viajó por carretera. No porque desconfiara de la persona que le había ofrecido el avión, de intachable honestidad.

Andrés Manuel se sacrificó unas ocho horas por carretera, de noche, simple y sencillamente por decoro, por pundonor.

Nunca entendí por qué en ciertos temas, simbólicos si se quiere pero que marcaron su imagen, EPN no tuvo el coraje para actuar de esa manera.

Peña Nieto no tomó dinero público, estoy completamente seguro de que no lo hizo —por sus colaboradores no respondo—, pero se encerró en la parafernalia de una Presidencia ostentosa que, por buena suerte, ha muerto ya con López Obrador.