La Carpeta:
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Desde que los votos se cuentan y cuentan, el dinero se ha convertido en condición sine qua non para acceder al poder.
Staff
junio 7, 2012, 8:31 am

Alfonso Zárate

Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario
El Universal

Insaciables, las maquinarias partidistas dilapidan los más de 5 mil millones de pesos que este año les ha entregado el IFE para “actividades ordinarias y financiamiento a las campañas”. Pero ni eso les alcanza. La política es uno de los negocios más onerosos —como redituables— de nuestra incipiente democracia, lo que lleva a los profesionales de la cosa pública a multiplicar ingenio y caradura para conseguir más “dineros” y explorar otras fuentes de financiamiento, especialmente aquellas que, por su carácter ilegal o ligeramente opaco, no se notifican a la autoridad electoral.

Estos recursos clandestinos se usan, principalmente, para retribuir el esfuerzo de líderes de colonias y organizaciones gremiales que acarrean o “trasladan” votantes a las urnas; pagar transporte, gratificaciones y despensas; aceitar la relación con periodistas, “líderes de opinión” y directores o dueños de medios que, en contraprestación, le dan una cobertura más favorable al candidato y a su partido o simplemente “golpean” a los adversarios.

También se usan para pagar a empresas proveedoras de servicios (carteles, pancartas y otros materiales promocionales) y cubrir gastos un tanto más sofisticados como estudios de opinión, asesoría en imagen e ingeniería electoral, que no se facturan, y, por supuesto, para llenar los bolsillos de los mismos charoleros —emisarios reales o autoasignados—, porque no todo lo que reciben llega a las arcas de campaña: su carácter clandestino posibilita el agandalle de los mismos operadores o de los intermediarios de los felices aportantes.

Tales contribuciones, es obvio, no son desinteresadas. Una vez en el poder, los favores se compensan con cargos públicos, jugosos contratos, concesiones o con la cancelación de créditos fiscales.

Y en este juego nadie se salva. En el año 2000 dos escándalos (el Pemexgate y Los Amigos de Fox) exhibieron los usos del PRI y el PAN en plena transición democrática. En 2004 el video-mugrero desnudó los arreglos que había detrás de las contribuciones que René Bejarano recibía de Carlos Ahumada: contratos de obra pública (algunas obras ni siquiera se realizaron, pero se cobraron).

En estos días, la difusión de una conversación grabada durante una cena en casa de Luis Creel, en Lomas de Chapultepec, a la que acudieron empresarios y figuras cercanas a López Obrador (Adolfo Hellmund, su propuesta para secretario de Energía; el arquitecto Rogelio Jiménez Pons y el cineasta Luis Mandoki) disparó el nuevo escándalo.

En un fragmento de la grabación, Luis Costa Bonino, un uruguayo asesor de campañas presidenciales de candidatos “progresistas”, confiesa sin matices: “Necesitamos 6 millones de dólares para ganar la campaña presidencial […] Sabiendo que es un apoyo, no a la esperanza, sino un apoyo al triunfo”.

Estas historias, que abonan a nuestra desconfianza, dejan una moraleja implacable: que en una democracia a medio construir, salvaje en el fondo y la forma, las contiendas se ganan con dinero, con mucho dinero, igual limpio que sucio; con dinero se tejen alianzas y complicidades, se compra imagen y presencia… Antes que el proyecto, los patrocinadores, los arreglos furtivos, el pase de charola.

Posdata. ¿Cómo explicar la mudanza en las preferencias que registran las encuestas: la relativa declinación de Peña Nieto y el potencial ascenso de López Obrador? Quizá la suma de varios hechos: las investigaciones emprendidas desde EU a los ex gobernadores tamaulipecos Tomás Yarrington y Eugenio Hernández, que parecen mostrar vínculos con los señores de la droga; los aliados incómodos del candidato priísta (Montiel, Moreira, Salinas de Gortari…), el movimiento de los estudiantes, que le ha hecho más daño al PRI que la propaganda panista: pusieron en duda la inevitabilidad de su victoria. Y el hecho de que Andrés Manuel haya evitado los errores de hace seis años, así como su decisión de anticipar la integración de su eventual gabinete con figuras prestigiadas como el ex rector Juan Ramón de la Fuente o Javier Jiménez Espriú…

“Nadie sabe para quién trabaja”. La campaña contra Peña de Acción Nacional le ha restado puntos, pero éstos se han ido con López Obrador en lugar de sumarle a Josefina.

@alfonsozarate