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Van Wieck alberga entre su prodigiosa producción una obra estrujante en su engañosa sencillez: una muchacha, con las piernas abiertas y las rodillas apretadas, se lamenta solitaria en un vagón del metro. La sensación es desoladora. Nadie se compadece de ella.
Eloy Garza
agosto 30, 2016, 5:22 am

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En uno de los lienzos del pintor Edward Hopper (1882-1967), una mujer, sentada en una cama, contempla el horizonte. Viste un camisón marrón y repliega sus piernas blancas. La baña el sol del alba y tras la ventana aparece un edificio de departamentos y un tinaco de agua. El lienzo destila melancolía. La expresión de la mujer es un misterio.

El arte naturalista o realista de Norteamérica es narrativo: las figuras humanas suelen ser fragmentos de una historia que como espectadores podemos intuir (que es lo mismo que imaginar). Uno de los herederos artísticos de Hooper es el pintor Nigel Van Wieck (1947), británico naturalizado estadounidense.

Van Wieck alberga entre su prodigiosa producción una obra estrujante en su engañosa sencillez: una muchacha, con las piernas abiertas y las rodillas apretadas, se lamenta solitaria en un vagón del metro. La sensación es desoladora. Nadie se compadece de ella.

Otro pintor, también realista, Eric Fischl (1948), suele retratar parejas en intensa tensión emocional. Las mujeres de los lienzos y acuarelas de Fischl están desnudas o a medio vestir, con el amante a un lado suyo. El hombre nunca delata ternura. Son dos seres metidos en una misma habitación pero separados por la indiferencia o el desprecio.

Si imaginamos una misma historia con las obras de estos pintores realistas como capítulos de novela, no sé cuáles se sucederían primero y cuales irían después. No sé si la muchacha solitaria del vagón del tren se lamenta de la indiferencia de su pareja que la abandonó o la dejó a su suerte en el cuarto de un hotel.

O acaso ese amor ocasional con el hombre que no la comprende se debió a su sensación de soledad reflejada en su figura sentada en el vagón de metro. Quizá el amante indiferente es un ligero alivio a la soledad que invade a esta pobre muchacha urbana. O es la consecuencia de sus quebrantos sentimentales. No lo sé.

Pero sí quiero creer, con los rescoldos que aún queman el corazón de los amantes solitarios, que la mujer del lienzo de Hooper, que mira el horizonte tras la ventana, desde la cama de su cuarto, es el final de esta historia que se encadena con cada uno de estos cuadros de Van Wieck y Eric Fischl.

Y estirando la imaginación a lo indecible, puedo asegurar que la mujer de Hooper está sonriendo y sus lágrimas han quedado en un pasado sin retorno, porque la luz del alba la embarga de una renovada fe en el mejor de todos los quereres del mundo que es el amor propio.