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Pero vistos los resultados electorales, AMLO no es un viejo y mucho menos un achacoso. ¡Qué bueno! Siguen tremendas encrucijadas para su vida de alpinista político y como estadista de esta hermosa nación llamada México.
Eloy Garza
julio 1, 2018, 10:40 pm

Andrés Manuel López Obrador será el próximo Presidente de México. Nos guste o no nos guste. El hecho es inevitable. Ganó, por un lado, porque fue el candidato presidencial que hizo la mejor campaña electoral: la formal (que dura tres meses) y la informal (que dura nueve meses). No dejó un solo día de fijar la agenda de campaña. Todos los demás giraron en torno a él como carrusel. Ganó, por otro lado, gracias a la incapacidad manifiesta de José Antonio Meade y Ricardo Anaya.

Meade puede ser muy inteligente como alto burócrata, pero fue muy tonto como candidato. No debió aceptar jamás esa candidatura envenenada. Nunca supo leer a los electores. La gente se quedó esperando su deslinde con el gobierno de Peña Nieto. Si lo hubiera hecho, quizá de cualquier forma  hubiera perdido, pero como no lo hizo, perdió catastróficamente. Ni Roberto Madrazo, en su momento, hizo tanto el ridículo como aspirante presidencial.

Anaya apostó por la suma de los contrarios, y por la resta de sus compañeros de partido. Al final se quedó sin unos y sin otros. Más que un gobierno de coalición, se ganó una campaña dividida, cuyas ruinas no ocultarán una pira donde inmolar a la víctima propiciatoria: Ricardo Anaya. Bien le irá en su futuro próximo si no acaba con sus huesos en la cárcel. Nadie de su núcleo íntimo le echará una mano para salvarlo: ni Jorge Castañeda (que navega para donde sopla el viento), ni Dante Delgado (que navega para donde sopla el dinero).

Con AMLO (líder social si los hay) llega a México una nueva correlación de fuerzas. Pactos diferentes a los que nos rigieron en la práctica durante los últimos 24 años. Códigos inéditos, negociaciones desconocidas. Caras no tan frescas y críticos leales al sistema, que a partir de hoy serán críticos a secas. Entramos a la cuesta de una montaña, a una resbaladiza pista de hielo o a un abismo.

Ojalá descartemos el abismo, porque eso no nos conviene ni a los seguidores de AMLO ni a sus furibundos detractores. La pista de hielo es inevitable: tarde o temprano en política el que no cae, resbala. La montaña es un reto insalvable si quien la escala es un anciano achacoso. Pero vistos los resultados electorales, AMLO no es un viejo y mucho menos un achacoso. ¡Qué bueno! Siguen tremendas encrucijadas para su vida de alpinista político y como estadista de esta hermosa nación llamada México.