La Carpeta:
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De los consejos que el viejo tahúr le dio al vaquero en la canción, los seguiste todos, al pie de la letra. Menos uno: “Nunca cuentes tu dinero cuando estás sentado en la mesa, ya habrá tiempo suficiente para contarlo cuando tu juego haya terminado”.
Eloy Garza
junio 15, 2012, 4:31 am

Te graduaste con mención honorífica en Economía en el Tec de Monterrey, pero lo que sabes de números lo aprendiste jugando poker. Hace 21 años, diez meses y seis días, sentado en la mesa de un casino clandestino, mezclabas los 52 naipes y los 2 comodines de un mazo partido por la mitad. Cuera de gamuza y barbas en pecho y mangas. Cargabas con buena mano: menos que un profesional y más que un aficionado. Pero solo tu sabías que traías cartas marcadas.

Te gustaba aquella canción country: “The Gambler” (“El Jugador”). Cuenta un vaquero que viajando en tren, un viejo tahúr le dio un consejo a cambio de un trago de whisky: “Si vas a jugar, muchacho, tienes que jugar bien. Todo jugador aprende que el secreto para sobrevivir es saber qué cartas tirar y qué cartas guardar. Porque cada mano es ganadora y cada mano es perdedora”.

Tu mano era ganadora: así lo creíste a ciegas. Años más tarde fuiste dirigente estatal, y en 1993, te postularon para alcalde de tu pueblo. Ganaste sin gesticular. Eso sí, hablabas sin decir nada: una variable del tahúr callado. Te granjeaste la confianza del entonces gobernador, aficionado al chamanismo y las prácticas de curanderos, antes que a mandar. Entraste a su gabinete: supiste aguantar su mirada y no mostrar tu juego. Si el viejo chamán te pedía lluvia; hacías llover; si te pedía un caballo, le dabas el de mayor alzada. Y te nombró por dedazo candidato a gobernador.

Jugaste fuerte con extraños compañeros de mesa. Solías visitar el rancho del gobernador texano, cruzando el Río Bravo: se decían compadres y mascaban tabaco. Luego el sureño se volvió sheriff del mundo y no supiste más de él. Ni te importó: cuentan que te valías de terceros lavando dinero. Y dicen que fuiste sobornado. Nada era cierto, y todo era verdad: fuiste como esos tipo que guardan la soga de la horca en el granero y el crucifijo en el último cajón de la cómoda.

Pero estabas tocado por la gracia divina. Tanto que al terminar el sexenio, echaste el resto para anunciar que querías ser Presidente de la Nación. No lograste ni la candidatura, pero juntaste tus fichas: islas, caballos, yates, quintas, terrenos, gasolineras. La suerte estaba contigo y justicia no existía en el condado, nada mas cerca del Altísimo y Supremo Dador.

Hasta que la DEA te rastreó las huellas. Te acusó de ser cómplice de una banda de cuatreros. Dicen que la denuncia principal fue de un testigo protegido. El gobierno federal guardó silencio pero lo cierto es que, al final de la campaña, el principal aspirante no podía arriesgarse a perder lo ganado; a que le esquilmaran lo apostado; a perder hasta el sombrero por un cuaco viejo e indomable como tú. Pero seguías con tu cara de poker, masticando tabaco: “Ésta es apenas la mitad de mi trama”, mascullabas, “no mi desenlace”. Y arrastraste las espuelas fuera del salón.

La corona que uno se labra, esa se pone. El jerarca nacional te citó en privado, junto con otros dos ex gobernadores. Sentados a la mesa: vaqueros en cantina de pueblo. Humo de tabaco. Pistola al cinto. Rostros de forajidos. Cada acusado defendiéndose mal que bien frente al dirigente, que repartía cartas de absolución en calidad de dealer. Menos tú que decías esconder un as bajo la manga. Puro bluff: un duelo al sol de cómplices matones. Fuiste soberbio: manoteaste alegando trampa y te retiraste del juego. El humo de tabaco se disipó.

Lo que sigue no será una muesca más en tu pistola. Ni lo leerás en la palma de tu mano: el PRI te suspendió la militancia y seguro te expulsará del corral. Y lo peor: el gobierno de Estados Unidos está a punto de poner tu retrato en un cartel de recompensa. La larga mano divina alcanzándote tarde o temprano. Y tú sin saber que tu litigio penal no era parte de la trama: será tu desenlace.

De los consejos que el viejo tahúr le dio al vaquero en la canción, los seguiste todos, al pie de la letra. Menos uno: “Nunca cuentes tu dinero cuando estás sentado en la mesa, ya habrá tiempo suficiente para contarlo cuando tu juego haya terminado”.

Serás leyenda, Tomás.