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Las campañas políticas se basan en la indiscreción, en las tormentas de mierda, no en el respeto. Una sociedad adentrada finalmente en la civilización del espectáculo sólo puede transformarse en una sociedad de escándalo.
Jose Jaime Ruiz
febrero 13, 2015, 1:38 pm

jjr-tubos

Al finalizar su capítulo “Sin respeto” del libro En el enjambre (Herder, 2014), el filósofo coreano-alemán, Byung-Chul Han, parodia a Carl Schmitt al expresar: “Es soberano el que dispone sobre las shitstorms de la red”. Schmitt había escrito refiriéndose a la radio y la televisión: “Es soberano el que dispone sobre las ondas del espacio”. Lo que conocíamos como campañas negativas y guerras sucias ha cambiado, lo de hoy son las shitstorms de las redes sociales, de Facebook, de Twitter, de los “comentarios” en los medios de comunicación, enfáticamente en El Norte.

Una nota del traductor define la palabra: “Shitstorm significa, literalmente, ‘tormenta de mierda’. Se usa en el sentido de ‘tormenta de indignación en un medio de internet’”. Byung-Chul Han precisa que la fuerza de las las shitstorms reside en el anonimato, que las shitstorms separan el mensaje del mensajero, lo que las diferencia de las “cartas al lector” (analógicas) y que mantienen su fuerza en el nombre, en la rúbrica, nunca en el anonimato.

“La shitstorm guarda relación con los desplazamientos de la economía del poder en la comunicación política. Crece en el espacio que está débilmente ocupado por el poder y la autoridad. Precisamente en jerarquías allanadas es posible atreverse con la shitstorm. El poder como medio de comunicación se cuida de que esta fluya veloz en una dirección. La selección de la acción hecha por los detentadores del poder es seguida por los sometidos, en cierto modo, sin barullo. El barullo o el ruido es una referencia acústica a la incipiente descomposición del poder. También la shitstorm es un ruido comunicativo. El carisma como expresión aurática del poder sería el mejor escudo protector contra shitstorms. No puede hincharse en absoluto”.

Las campañas políticas se basan en la indiscreción, en las tormentas de mierda, no en el respeto. Una sociedad adentrada finalmente en la civilización del espectáculo sólo puede transformarse en una sociedad de escándalo. Sin escándalo, sin sobreexposición no se existe, no se es. Aunque el “escándalo” termine por diluirse en “desnarrativización”.