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Claro que es un peligro para México. La personalidad de López Obrador puede parecer medio folclórica y hasta simpática por momentos, y todo quedaría en el anecdotario si no fuera porque el personaje quiere ser presidente de México.
Staff
junio 18, 2012, 1:27 pm
Javier Lozano
(Ex secretario del Trabajo y Previsión Social)
EL UNIVERSAL

Claro que es un peligro para México. La personalidad de López Obrador puede parecer medio folclórica y hasta simpática por momentos, y todo quedaría en el anecdotario si no fuera porque el personaje quiere ser presidente de México.

Su derrota en 2006 provocó que mandara al diablo a las instituciones; organizó un plantón durante 47 días sobre Paseo de la Reforma y, a lo largo de seis años, siguió destilando rencor. Hoy apuesta al perdón y al olvido colectivos. Se volvió repentinamente bueno, como buenos pretende convertir a los criminales con su solo verbo. En su infinito desprecio por lo que no concuerda con su apreciación, arremete ahora el tabasqueño contra el IFE y contra “los de arriba” porque avecina, según él, un nuevo fraude. No se molesta en mostrar una sola prueba de su dicho más que la agudeza de su olfato.

Para Andrés Manuel la elección ya está decidida. Es él. Punto. Lo sabe, lo presiente. Lo ve en la gente. No hay duda. ¿Pero qué pasaría en el poco probable caso de que no lograra usted esa victoria?, le preguntaron recientemente. Eso ya no podría suceder, espetó el hombre. Y si llegase a ocurrir es porque el pueblo de México es masoquista. Aunque las encuestas digan lo contrario, él tiene las suyas, pero no las muestra. Fustiga la corrupción no obstante que esa fue nota característica de su gobierno en el DF. Lamenta la incongruencia, pero hace suyo a Manuel Bartlett y pasa la charola entre los ricos para levantar 6 millones de dólares. Luego se deslinda.

Ante la evidencia de cifras de instituciones autónomas y serias que miden por igual el crecimiento económico, el empleo, el desempleo, la pobreza, el desarrollo humano, la criminalidad y demás indicadores relevantes, el candidato del PRD sólo alcanza a descalificarlos con su clásica “yo tengo otra información”. Sus números resultan tan alegres como sus verbenas populares y sus plazas llenas.

Los temas críticos no los aborda, pues sería la gente la que los decida por mayoría. Lo mismo pasaría con su gestión. Cada dos años se sometería a una consulta para que evalúen la marcha de su gobierno. Si no gusta, se va. La revocación de mandato marca ACME. ¿Cómo, dónde y con quién se haría esa consulta? Pues con los mismos que hoy llenan el Zócalo y gozan de los favores del GDF. ¿Es representativo del sentir popular? Para él, más que suficiente. Y háganle como quieran.

Ah, pero en esa lógica perversa ¿qué impediría que llegado el momento de concluir su mandato no pretendiera López Obrador hacer una consulta similar para ver si la gente quiere que se vaya o se quede? La Constitución y las leyes que de ella emanan están subordinadas a la voluntad del pueblo.

Este tiene en todo momento el inalienable derecho de modificar la forma de su gobierno, pues así lo marca el artículo 39 constitucional. ¿Alguna duda? Si una decisión arrebatada y en exceso a sus atribuciones legales fuese atajada por cualquiera de los otros poderes u órganos autónomos la reacción sería la misma. Que la gente diga quién tiene la razón. ¡No se puede comparar la opinión de 11 togados “que ganan 600 mil pesos mensuales” en la Suprema Corte Justicia de la Nación con la voluntad de miles y miles de mexicanos!

No habrá rechazados a las universidades a partir del primer día de gobierno. Vengan los trenes bala y las cinco refinerías que tanta falta nos hacen. La economía comenzará a crecer a 6% anual. 7 millones de empleos serán creados en los primeros meses y el país se va a serenar. Vendrá la autosuficiencia alimentaria y habrá nueva Luz y Fuerza del Centro —aunque la ley no lo permita— y nos cueste 42 mil millones de pesos anuales.

Por supuesto que estamos frente a un gran peligro para México. López Obrador es intolerante y autoritario. Su visión es la de un iluminado, un redentor. Claro que su fobia hacia los empresarios y las trasnacionales puede ahuyentar las inversiones en un abrir y cerrar de ojos y aislarnos del mundo por décadas. Su ridiculez económica puede conducir a la quiebra o a la deuda. Su modelo es rancio y demagógico. Y su obvia incapacidad para cumplir con lo prometido generaría una tremenda frustración colectiva y la revancha por sus fallidas cuentas.

Mexicanos: con esto no se juega. Cuidemos lo mucho que tenemos y avancemos sobre la base del crecimiento económico sustentable; la certidumbre, las leyes y las instituciones; las libertades, la democracia y la transparencia. La época de los caudillos hace décadas que terminó. La tentación del cambio ciertamente es atractiva. Pero el cambio puede ser en reversa. O en picada.