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En términos reales, le vendemos a Estados Unidos acero y aluminio casi en el mismo monto que le compramos. No hay purrún.
FELIX CORTES CAMARILLO
junio 1, 2018, 9:42 am

No hay guerra ganadora. En las confrontaciones todas las partes pierden.

El señor Donald Trump nos ha declarado a México y Canadá una guerra comercial con los aranceles al acero y aluminio de sendos países.

No se sabe el monto; recientemente fue del 25% a las ventas chinas a su país. Las nuestras no llegan al uno por ciento. En términos reales, le vendemos a Estados Unidos acero y aluminio casi en el mismo monto que le compramos. No hay purrún.

El asunto es de actitud; en los momentos en que las negociaciones del renovado Tratado de Libre Comercio entre Canadá, Estados Unidos y México se encuentran estancadas, lo que nos está chingando es la actitud.

El gobierno de México asumió una actitud viril ante esta postura de Trump. En reciprocidad, los productos mexicanos que dan satisfacción a los norteamericanos sufrirán aranceles similares a los impuestos por el Presidente de los Estados Unidos, de aquí para allá.

Desde luego, no queremos ver que los aranceles de allá arriba se apliquen, por decir algo, a los aguacates de Michoacán. Se jodió el Super Bowl.

Por el momento, es todo pantalla; de eso se trata la política. Que no se nos olvide que el maíz de nuestras tortillas viene de Idaho o estados circunvecinos.

Este asunto es importante porque Rusia y la Unión Europea ya se subieron a la misma guerra; una guerra en la que los que aportan los soldados —los productores de alimentos y servicios— son los importantes y no los coroneles y generales de las tropas.

De amor no voy a morirme.