La Carpeta:
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Lo que quedaba desde entonces era una anciana exótica y simpática (muy a su manera), que paseaba su agotada anatomía por las riberas del Sena, sostenida casi en hombros por sus tres compañeros-muleta.
Eloy Garza
abril 9, 2018, 6:19 am

Se cumplen 104 años de la muerte de María Félix. A La Félix la vi dos veces en mi vida sin que me despertara ningún éxtasis místico –o más bien fílmico—. Las ancianas célebres olvidan los códigos de conducta básicos. Suponen que todo les está permitido porque firman autógrafos, tienen joyas, pieles y fotografían bien (de lejos, ya no en primer plano).

Las viejas famosas del cine van por la vida repitiendo egoísmos, mezquindades y frases sin fortuna, se apelliden Dietrich, Garbo o Montiel.

La primera vez que vi a María Félix fue cruzando la fuente Saint Michel, en París, y una amiga la descubrió entre la multitud del Barrio Latino. Caminaba al lado de tres hombres jóvenes. ¿Qué hacía ahí en vez de olfatear aparadores en Saint Honoré o apostar a sus caballos en el hipódromo?

La segunda vez que la vi (es un decir) fue en su ataúd cerrado y rodeado de alcatraces, en el cementerio francés de la Ciudad de México. Se acababa de morir a los ochenta y ocho años y el entonces presidente Vicente Fox la recordaba como artista comprometida con el cambio democrático. Designar a una celebridad con ese título en el México foxista, era equivalente a otorgar en Francia la Legión de Honor.

Viendo una escena de “Río Escondido” (donde el cacique hace bailar su caballo y la maestra comisionada se queda con el bebé de la muerta por viruelas) uno se sorprende de que la Félix no actuara realmente: le bastaba con posar su rostro de arcángel atufado ante la cámara para justificar su presencia fílmica.

Pese a su fama de devoradora de hombres y medusa amorosa, la Félix fue dependiente de su hombre en turno, sin insubordinarse nunca. Con desplantes y audacias de lenguaje sólo verbal, en su vida se mantuvo dentro de los cánones de las diferencias de género. Incluso odiaba convivir con mujeres y adoraba a los representantes más bragados del sexo fuerte.

No fue una revolucionaria de las costumbres y tampoco una rebelde genuina, pero sí una diva o, en términos mundanos, una estrella. Aunque, esa, la estrella, murió al filmar su última película, a principios de los años setenta.

Lo que quedaba desde entonces era una anciana exótica y simpática (muy a su manera), que paseaba su agotada anatomía por las riberas del Sena, sostenida casi en hombros por sus tres compañeros-muleta.