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¿Pero qué tanto es verídica esta supuesta alineación militar? ¿Qué tan real es este ejercito liquido y poroso que acampó ayer en la Macroplaza? ¿Qué tan cierta es esta demostración de músculo?
Eloy Garza
junio 28, 2012, 4:57 am

La Macroplaza es un teatro sin telón. La militancia masiva es decorado. Las cámaras enfocan nimiedades como si fueran trascendencia. Los miles de priistas que vociferan, corean consigas, se bañan en sudor, como extras televisivos. El sol es un inmenso reflector sobre el escenario de la Explanada de los Héroes. El candidato presidencial del PRI concluye su representación en este acto masivo de Monterrey. Lanza compromisos al aire: habla a México, no tanto a los presentes.

Da igual: no es asunto menor la movilización precisa y marcial de militantes, simpatizantes o cualquier otro eufemismo que se le imponga a tantos cuerpos en busca de un alma. El operativo regiomontano para “demostrar músculo” es la quintaesencia del PRI, su razón de ser fundamental, su física y metafísica, su fardo y su lastre. ¿Pero el PRI de Peña Nieto es el mismo partido que gobernó por tantas décadas a México?

El PRI de Peña Nieto vivió su travesía en el desierto a donde lo arrojó la ventisca foxista en el 2000. Se lo merecía. Durante estos doce años, la organización priista ensayó prácticas colectivas de aprendizaje que no cursó el PAN-Gobierno. Aprendió a ser una organización inteligente (learning organizations) según el término de Peter Sange. ¿En qué sentido? Con Peña Nieto (que no es sólo una persona sino un consejo de administración), reconstruyó su tejido sectorial, las complicidades compartidas, sus lealtades dispersas, la disciplina militante no a un líder superior e indiscutible sino a la posibilidad de retornar a Los Pinos.

Ayer, en el cierre de campaña de Monterrey, los priistas aplicaron como nunca el manual militar que los legitimó por décadas: pedir línea, ganar la plaza, respetar jerarquías, armar brigadas, formarse en la fila, movilizar tropas. El priismo como lenguaje marcial. El PRI como estructura castrense. Militantes que no cuestionarán nunca a su líder (“mi líder” proclaman chocando los talones). Masas conducidas a control remoto que cumplen por conveniencia una representación escénica.

¿Pero qué tanto es verídica esta supuesta alineación militar? ¿Qué tan real es este ejercito liquido y poroso que acampó ayer en la Macroplaza? ¿Qué tan cierta es esta demostración de músculo? ¿Qué tan válido es este aprendizaje cuando en el fondo quizá sea una mera representación? ¿Un simulacro?

La respuesta esta en Jean Baudrillard: el PRI de ayer, que ocupó la Explanada de los Héroes ha sustituido la realidad social de México por una hiperrealidad, un simulacro de la realidad mexicana; una realidad virtual en la que los referentes reales de México se han disuelto y solo tenemos la ilusión de su existencia. Esto lo ha conseguido el PRI de Peña Nieto gracias a su “compromiso cumplido” con Televisa, su socio, su compañero de ruta, su colega.

El evento masivo de ayer en la Macroplaza no es un atisbo de la realidad social sino su simulacro. La realidad virtual ha ocupado todos los huecos y vacíos que como en ninguna otra campaña, se han cavado en ésta. Volver real el simulacro político será una aritmética complicada para el candidato que gane el próximo 2 de julio. Volver real la política que hasta ahora es simulacro es una operación aún mayor. Y en este caso, el PRI de Peña Nieto y sus corifeos podrán ser los mismos, pero la realidad de México es otra. Muy distinta. Muy lastimada.

La ciencia de gobernar no se aplica en escenarios virtuales (para esto basta el rol hasta ahora efectivo de los medios masivos) sino en la realidad áspera de gobierno, con sus negociaciones tediosas, sus concesiones incómodas, sus tratos sin piedad con actores adversos. Y en ese terreno, la televisión ayuda poco. Se acaba allí el socio afectivo, el compañero de ruta servicial, el cómplice solidario y comienza el lento declive de seis años del hombre que caminará en solitario. Terminan los simulacros; comienza la realidad. El nombre del mandatario cambia, pero su final es casi el mismo y el destino siempre lo alcanza. En realidad, tarde o temprano, nos alcanza a todos.