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Habrá quién rechace la hipótesis de Turing: los androides no piensan realmente porque la conciencia humana no puede reducirse a la simple física. De hecho, casi todo puede explicarse reductivamente menos la conciencia.
Eloy Garza
diciembre 19, 2017, 5:11 am

Alan Turing, una de las mentes más poderosas de la historia humana, fue pionero en varios campos científicos, entre ellos, la Inteligencia Artificial (IA). Como sucede en muchos avances de la ciencia, Turing desenredó la complejidad de las matemáticas a partir de una simple pregunta: ¿pueden pensar las máquinas? Publicó sus conclusiones en el artículo: "Computing Machinery and Intelligence" (1950).

Turing aportó algunas pistas al respecto: la informática es una red de nodos o neuronas artificiales, parecidas al córtex cerebral. Luego predijo: “podremos hablar de que las máquinas piensan sin esperar que nos contradigan”.

A su corta edad (vivió 41 años), Turing estuvo a punto de descubrir cómo los organismos crecen, desde las combinaciones químicas que disponen la regularidad de los pétalos de una margarita, hasta la composición del cerebro humano. Y cuando procedía a publicar sus investigaciones, el gobierno inglés lo indujo al suicidio: se mató (o lo mataron) comiendo una manzana con cianuro.

Habrá quién rechace la hipótesis de Turing: los androides no piensan realmente porque la conciencia humana no puede reducirse a la simple física. De hecho, casi todo puede explicarse reductivamente menos la conciencia.

Un estado mental se vuelve consciente si se liga a una sensación. Y los robots nunca podrán experimentar sensaciones. No saben lo que es amar ni vivirán el mal de amores. Esto porque las máquinas contienen sintaxis pero no semántica.

Es más: para algunos científicos modernos, la conciencia ni siquiera está alojada en el cerebro o en cualquier otro órgano en particular. Se dice que es una propiedad integral del organismo por lo que es irreducible a una sola de las partes que la componen. Por ejemplo, ningún androide (sintaxis pero no semántica) hubiera procesado la presión exterior para suicidarse con una manzana envenenada.

Pese a lo anterior, uno no puede sino ponerse del lado de la máquina en la película de ciencia ficción Yo Robot (2004): el protagonista, un ser humano de cabo a rabo, cuestiona a un androide sobre su deseo de ser persona y airado le reclama:

–No eres más que una máquina, una imitación de la vida. A ver: ¿acaso puedes componer una sinfonía? ¿Acaso puedes convertir un lienzo en una hermosa obra de arte?

El androide calla unos segundo para luego responderle en tono neutro:

–Yo no... ¿Y tú?