La Carpeta:
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En 1884, a convocatoria de Otto von Bismarck y con la complicidad de Francia y Gran Bretaña, se reunió la conferencia de Berlín para repartirse África, rica en materias primas y mano de obra esclavizable, como lo había previsto el rey Leopoldo de Bélgica.
FELIX CORTES CAMARILLO
junio 29, 2018, 7:26 am

Más que una bebida reconfortante y deliciosa, el té en Londres y en toda la isla inglesa es una ceremonia cuyo ritual incluye recipientes y vajlla de especial confección y usos inviolables.

En todo el territorio de Inglaterra no se puede encontrar una pinche planta de camellia sinensis, de cuyos brotes tiernos, secados al sol, se produce el té verde, o de esos brotes tostados en tambos rotatorios el té negro. Todas las otras variedades no son más que lo mismo con diferentes aromatizantes naturales, generalmente pétalos de flores. El té llegó a Inglaterra desde los territorios colonizados que hoy forman la India, Sri Lanka cuando se llamaba Ceilán, y Pakistán, aunque también se da abundantemente en China.

El té y su veneración que por él tienen los ingleses, y otras naciones europeas, es tal vez la más clara alusión al colonialismo europeo que tomó como territorio propio todo el continente africano, con la excepción de Abisinia (Etiopía) y Liberia protegida por EU los que también debe su nombre.

El resto fue carroña de buitres.

En 1884, a convocatoria de Otto von Bismarck y con la complicidad de Francia y Gran Bretaña, se reunió la conferencia de Berlín para repartirse África, rica en materias primas y mano de obra esclavizable, como lo había previsto el rey Leopoldo de Bélgica.

A grandes rasgos, Bélgica se quedó con el Congo, en el centro. Inglaterra con Egipto, Sudáfrica, Suazilandia, Sudán Angloegipcio, Nigeria y Costa de Oro; Italia con Libia y Somalia; España con Marruecos; Francia con Argelia y la enorme África Occidental y el África ecuatorial francesas, así como Madagascar. Portugal con Guinea, Mozambique y Angola, y Alemania con África Sudoccidental. Los holandeses agarraron, me parece, un buen pedazo de África del sur. Lo demás eran minucias.

La prosperidad europea por dos siglos se fundamentó en las riquezas que sacaron, desde diamantes hasta alimentos, explotando al continente negro, olbligando a su estancamiento y en ocasiones retroceso.

Esa pobreza así originada está tocando a las puertas de Europa. Bajo la amenaza del terrorismo, las guerras civiles y el hambre, cientos de miles de habitantes del África negra se encuentran en una enorme e incesante migración al norte. Empeñan su vida y sus bienes para llegar a la costa norte del continente, a los puertos de Libia, para pagar con lo que les queda un sitio en las llamadas “pateras”, endebles balsas donde se apilan unos y unas sobre otros para llegar a la costa de la tierra prometida, Europa. Miles han muerto en el empeño.

Otros morirán en la desilusión. Ni Italia ni Francia ni muchos otros países que se beneficiaron de su riqueza pasada quieren acoger a las víctimas de su miseria presente. España, en raro acto de misericordia motivado políticamente por el cambio de gobierno, accedió a que un barco atracara en Sevilla y a darles temporal refugio a sus ocupantes. Malta —quién lo diría— acaba de acceder a recibir dos centenares de miserables para ver quién puede ser beneficiario de un asilo político. El que venga por hambre será repatriado.

¿Repatriado a qué patria?

La política predominante en la Europa de hoy es la discriminiación étnica y económica. Nos vienen a quitar nuestros trabajos, les dicen a los alemanes, franceses, italianos, húngaros y portugueses. De la misma manera en que sus ancestros les quitaron sus riquezas.

Suena familiar ¿no?

Es el mismo argumento del rechazo a los migrantes que llegan a Estados Unidos procedentes del sur del Bravo en busca de un trabajo que los gabachos no quieren hacer.

Debe ser la hora del té. Las cinco en punto de la tarde.