La Carpeta:
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Perdón por dejar de lado a los políticos y las campañas, pero hay momentos en que me remito a los inicios de mi carrera y por más que intento no puedo dejar de realizar ejercicios de comparación, que aunque sean odiosas, nos reflejan con claridad la pobreza de calidad y contenidos de la otrora mejor televisión de México.
Francisco Tijerina
junio 15, 2012, 8:24 am

Perdón por dejar de lado a los políticos y las campañas, pero hay momentos en que me remito a los inicios de mi carrera y por más que intento no puedo dejar de realizar ejercicios de comparación, que aunque sean odiosas, nos reflejan con claridad la pobreza de calidad y contenidos de la otrora mejor televisión de México.

Hubo un tiempo en el que la creatividad estaba por encima de los elementos técnicos, en que la producción televisiva era un arte, en que se pensaba no sólo en el rating, sino también en la responsabilidad social de cada emisora, en que la lucha era por hacer mejores programas y en el que quienes aparecían a cuadro eran verdaderas figuras de la sociedad en nuestra ciudad, respetados, admirados y queridos.

Hoy pareciera que la competencia es por ver quién mete a más personas dentro de un set, armar grandes grupos de personas con características distintas y así, en medio del tumulto, no terminas por saber quién es quién. Antaño, los conductores de televisión no requerían de tantos patiños y mucho menos del lenguaje soez para captar auditorio. Hasta quienes hacían programas populares eran cuidadosos del manejo del lenguaje y finísimos para el albur con clase, que no molestaba ni ofendía.

Hoy todo es de “güey” para arriba, todo el mundo dice, repite y harta con el “caón” y el “no maaaaaanches”.

Había en Monterrey locutores, porque no se sentían otra cosa que eso, hombres y mujeres del micrófono y la pantalla, que han sido verdaderos íconos de la comunicación en nuestro país. Poseedores de privilegiadas voces, tenían una vasta cultura y un dominio del idioma; había excelsos escritores y guionistas, grandes equipos técnicos, comandados por estupendos productores y directores, que con talento e ingenio suplían las carencias que pudiesen tener. Eso se acabó.

Hoy basta perderle el miedo al micrófono, decir la mayor cantidad de sandeces posibles, faltarle el respeto por igual a personas mayores, mujeres o niños, burlarse de su físico o abiertamente hacer alusiones sexuales, para estar en la pantalla. Se arman concursos de la nada, no para buscar talento o inteligencia, sino para ver quién enseña más piel o menea mejor el bote.

Tenemos una televisión muy distinta a la que aprendí a hacer hace 35 años. Me sigo cuestionando, ¿es la televisión que merecemos? Y lo mismo pasa con la radio, ¿será que los regios estamos pagando alguna manda? Pero si volteas a ver el panorama nacional no es muy diferente, aunque eso sí, son bastante más medidos que los conductores localitos que a corrientes, nadie pero nadie les gana.

Pobres de nosotros.