…al día siguiente el sol me desveló, me desperté abrazando la ausencia de su cuerpo en mi colchón. Lo malo no es que huyera con mi cartera y con mi ordenador, peor es que se fuera robándome además, mi corazón.

Hoy es el día siguiente, y, sin embargo, nada es cierto todavía.  Lo será, eventualmente, el miércoles próximo y, dentro de las tradiciones políticas y sociales mexicanas, seguiremos dudando de la veracidad de los resultados oficiales como seguiremos dudando de los “infalibles” gurús en que convertimos al más de un centenar de casas que encontraron en el oficio de hacer encuestas un filón riquísimo de ganancias.

Hoy es el día siguiente y lo cierto es que los resultados oficiales, oficiosos, productos del deseo o la manipulación, dramáticos, reñidos, sorpresivos o increíbles, carecen totalmente de importancia.

Volveremos a ver, con otros personajes, las mismas escenas de todos los procesos electorales: denuncias aquí y allá, inconformidades y denuestos. No pasa absolutamente nada. Lo único digno de consignarse del día de la votación fue la ausencia de incidentes violentos, que sí abundaron en las semanas previas al primer domingo de julio. Pero este fenómeno de violencia desbordada va más allá de las elecciones del domingo y es una de las primeras obligaciones de los nuevos gobernantes. Si no lo enfrentan, ésa será la primera de una serie de muchas decepciones que todos los nuevos gobernantes van desvelando gradualmente en este país, como nos enseña la experiencia.

Lo que le importa al número, aparentemente copioso, de votantes que le creyeron al sistema e hicieron cola bajo un sol, generalmente intenso, para expresar su voluntad en un método estrambótico, desordenado, confuso y mal hecho, es qué va a pasar en los días siguientes con nuestro país.

Ésa es tal vez la primera consideración que el país y los ganadores de sus elecciones debieran hacerse: la transformación, el cambio profundo, del sistema político mexicano, de sus mecanismos electorales y, especialmente, de la estructura marcada por la partidocracia y su financiamiento. Los veinticinco mil millones de pesos que nos costaron estas elecciones es mucho dinero y no incluye la cifra el financiamiento de todos los parti-dos políticos y candidatos independientes. La democracia no puede ser tan cara.

La austeridad y el uso correcto de los recursos públicos fueron una constante —en diferentes melodías— de todas las campañas, aunque ninguna fuera capaz de siquiera esbozar de qué manera se iba a llegar a esa constante, como no fuera la fórmula mágica de acabar con la corrupción. En la transformación del INE, que no sea volver a cambiarle las siglas, el diseño de una nueva ley de procedimientos electorales y la reducción radical del Congreso en su volumen y gastos —eliminando los plurinominales, por ejemplo— ahí reside una enorme oportunidad de demostrar que lo dicho en las campañas no fue solamente jarabe de pico.

De que hay muchas otras que podremos ir señalando, las hay. Y lo que sobran son los días siguientes.