La Carpeta:
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He entrado a una fonda para restaurarme después de siete horas de conducir en carretera, me siento agotado y pesado como si mi espalda se mantuviera erguida por una barra de acero y no por una plástica columna vertebral.
Staff
junio 18, 2012, 6:33 pm
Terlenka

Por Guillermo Fadanelli

EL UNIVERSAL

He entrado a una fonda para restaurarme después de siete horas de conducir en carretera, me siento agotado y pesado como si mi espalda se mantuviera erguida por una barra de acero y no por una plástica columna vertebral.

La tensión se debe a que en la carretera he debido lidiar con una miríada de patanes que no respetan ninguna regla y una vez en el volante se ven a sí mismos como héroes en el calor de una batalla. Para mí, en cambio, las carreteras son sólo un conducto que une dos enfermedades diferentes, como pasar de una leprosería a un pabellón de tuberculosos. Es por eso que avanzo lentamente por el carril de los humildes, no sin experimentar cierto dolor íntimo en cuanto más me alejo de mi punto de partida y me aproximo a un destino. Dentro del restaurante que he elegido para recuperar mis fuerzas cuelgan de la pared dos pantallas de televisión, el volumen es alto y el programa que transmiten repugnante. Les suplico que reduzcan el volumen para que pueda yo comer tranquilamente. Me dicen que lo harán en seguida, pero dejan el volumen intacto, se apresuran a colocar los cubiertos sobre la mesa y una servilleta de tela en mis piernas con el propósito de impedir mi inminente partida, pero la televisión continúa. Es inútil discutir e imposible restaurarse.

Hace un mes recibí la noticia de que mi hermano había tenido una fuerte torcedura en el tobillo y que los médicos deseaban operar cuanto antes. El costo de la operación era elevado por lo que decidimos evitar la cirugía. A la semana siguiente, mi hermano caminaba como si nada hubiera pasado, no había contraído deudas y se sentía más fuerte que nunca: caminaba como un atleta olímpico. Su caso, como sabemos, se repite hasta la obscenidad en los hospitales. He recordado este episodio porque en el restaurante donde me fue negado restaurarme, el mesero, apenas hube tomado asiento, se dispuso a ofrecerme las bebidas y los platillos más caros de la carta. Yo lo observaba, incrédulo, repetir su cantaleta dirigida a aumentar la cuenta de la comida para, de esa manera, recibir más propina. Entonces le dije: “Antes de tomar una decisión traiga por favor una jarra de agua. En todo restaurante honrado deberían recibir a los clientes con una jarra de agua fría. En la Edad Media los anfitriones eran más sabios. Hemos retrocedido hasta el oprobio.” Luego de ese par de escaramuzas los meseros prefirieron ignorar mi presencia y tuve que marcharme después de algunos minutos de densa espera. Entonces se me ha ocurrido, harto de conducir, tomar un taxi para ir en busca de una fonda donde conocen mi humor y, mal que bien, me atienden con cierta prudencia y esmero. El taxista ha tomado una ruta incorrecta y una vez que lo he disuadido de continuar por ese camino me ha pedido una disculpa y ha vuelto sobre sus pasos. Ha inventado un pretexto para justificar su error, mas asegura que finalmente vamos en la dirección correcta. Es verdad, pero ha tomado el camino más largo haciendo un estúpido rodeo que aumentará diez minutos a la travesía. He debido pagar treinta pesos de más sólo porque me encontraba exhausto y no deseaba discutir. El agotamiento crecía como una joroba de plomo y mi estómago se había empequeñecido de tal modo que incluso un chícharo lo habría desbordado. Y me he preguntado si todas estas personas, meseros, taxistas, médicos van a decidir asuntos públicos que de algún modo me involucran. Mi desazón crece y decido volver a casa caminando, sin comer y con una frase de Joseph de Maistre anclada en mi cabeza, una sentencia que nunca creí citar alguna vez en esta columna: “No hay un instante en que una criatura no esté siendo devorada por otra. Y sobre todas estas numerosas especies de animales está colocado el hombre, y su mano destructora no perdona nada que viva.”

Siento citar a este conservador furibundo que tanto despreciaba a Rousseau y a Voltaire, pero creo que estoy tan agotado que mi razón parece nublarse. De todas formas continuaré aludiendo a la frase de Maistre por el resto de mis días. Lo presiento.