La Carpeta:
1 de 10
 
Paz había perdonado a Garro sus infidelidades con Adolfo Bioy Casares, casado y muy calavera (desde entonces). En Francia se juntó con los intelectuales del surrealismo, Bretón y compañía, y entre ellos hizo amistad especial con André Pieyre de Mandiargues.
Eloy Garza
marzo 13, 2018, 7:12 am

Hay una historia sentimental casi desconocida de Octavio Paz. Cuando el poeta visitó por primera vez París, cargaba con una esposa muy celosa, Elena Garro y con su pequeñita hija, Elenita.

Paz había perdonado a Garro sus infidelidades con Adolfo Bioy Casares, casado y muy calavera (desde entonces). En Francia se juntó con los intelectuales del surrealismo, Bretón y compañía, y entre ellos hizo amistad especial con André Pieyre de Mandiargues.

Este poeta de largo y enrevesado nombre hizo dos cosas a favor del joven Paz. Una cosa buena: le tradujo y publicó sus poemas en francés. Y una cosa mala (para André Pieyre): le presentó a su esposa Bona Tibertelli de Pisis. Paz quedó enamorado de ella, porque era muy bella y se hacía la interesante.

Paz invitó a Bona a hacer juntos un collage con textos poéticos del mexicano. Cuando volvió a México y se divorció de Garro, Paz intensificó el asedio a Bona. Acabaron siendo amantes y viviendo juntos en Paris.

Todo era “felicidades inminentes” (como dice el propio Paz en un poema), hasta que se apareció un joven pintor mexicano, avecindado en Paris: Francisco Toledo.

Bona Tibertelli fue seducida por el oaxaqueño. Comenzó a verlo a escondidas de Paz. Un buen día, el poeta se dio cuenta de que su amante francesa le ponía los cuernos con su paisano.

Los dos hombres se liaron a golpes. Paz le dio un derechazo que mandó al suelo a Toledo. Entonces juró que no mencionaría nunca al oaxaqueño en ningún ensayo suyo. Y lo cumplió. No existe ninguna referencia a la plástica de Toledo en las obras completas de Paz.

Ya se ve que el amor o el despecho es el peor crítico de arte.