La Carpeta:
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La simulación es la regla de oro de quienes vigilan sin castigar: hacerse de la vista gorda es engordar los bolsillos. Hoy por ti, mañana por mí. Los matanceros son benignos y las reses, libres, pastan en los prósperos jardines de la impunidad.
Jose Jaime Ruiz
agosto 25, 2016, 7:53 am

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En Nuevo León la impunidad se impone. La impunidad es el bien supremo de funcionarios y exfuncionarios públicos. Participar en el gobierno (ejecutivo, legislativo o judicial) es asumir la propiedad privada de las funciones públicas: hacer negocios, corromper. El gobierno es, sobre todo, negocio, no gobierno. Y para que exista la corrupción debe existir su hermana gemela, la impunidad.

Si ha desaparecido el cuerpo “como blanco mayor de la represión penal” (Foucault), ha aparecido el simulacro como blanco menor de la represión mediática: no hay suplicio, el descuartizamiento es virtual, la amputación política poco importa, marcar simbólicamente a los corruptos, mientras sigan impunes, no les molesta. La “sombría fiesta punitiva” (Foucault) se extingue como castigo corporal, aunque se manifiesta como “castigo” mediático y de redes sociales. De nada sirve castigar en redes y en medios cuando el castigo penal nunca arriba: el escándalo ha sustituido al suplicio.

En efecto, la sociedad de la indignación es una sociedad del escándalo: “Las olas de indignación son muy eficientes para movilizar y aglutinar la atención. Pero en virtud de su carácter fluido y de su volatilidad no son apropiadas para configurar el discurso público, el espacio público. Para esto son demasiado incontrolables, incalculables, inestables, efímeras y amorfas. Crecen súbitamente y se dispersan con la misma rapidez” (Byung-Chul Han).

De lo anterior se aprovecha la clase política para seguir navegando en la corrupción y en la impunidad. El simulacro, así, también se impone: se simula castigar a Rodrigo Medina y sus secuaces mediante la diatriba mediática (“Tienen jueces corazón priista”, el Bronco); se simula castigar a Margarita Arellanes, José Natividad González Parás y Rodrigo Medina rechazándoles las cuentas públicas, cuando en realidad no habrá sanciones para ninguno de ellos ya que esas cuentas prescribieron y, así, alabanza en boca propia es vituperio. El adjetivo “histórico” no califica, descalifica cuando los diputados se lo adjudican (“Estamos haciendo historia el día de hoy... nunca se había hecho en la Legislatura el haber rechazado cuentas públicas de gobiernos de los estados, al menos en las tres pasadas Legislaturas o más”).

La simulación es la regla de oro de quienes vigilan sin castigar: hacerse de la vista gorda es engordar los bolsillos. Hoy por ti, mañana por mí. Los matanceros son benignos y las reses, libres, pastan en los prósperos jardines de la impunidad.