La Carpeta:
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A México le urge una nueva Constitución. Más breve, sencilla, clara, accesible y rotunda que la haga prácticamente inviolable y que dificulte su modificación a modo del cliente.
FELIX CORTES CAMARILLO
febrero 6, 2018, 8:05 am

Cuida tus pensamientos,

                porque se convertirán en tus palabras.

                Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos.

                Cuida tus actos, porque convertirán en tus hábitos.

                Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino.

                Mahatma Gandhi

El instituto político mexicano celebró ayer un siglo y un año de la promulgación de la Constitución, la ley de leyes, que nos rige a todos nosotros. Sus integrantes lo hicieron entre discursos y personajes, con la misma prosapia que lo han venido haciendo desde hace setenta años, cuando el curso del país comenzó a estabilizarse, proceso que aún no concluye.

En ese marasmo de frases de celebración de la vitalidad de la Constitución del 17, destacan las voces críticas. La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos no solamente es obsoleta. Ha resultado un deforme monstruo que no se parece en nada a lo que soñaron los constituyentes del 57, luego actualizados por los de 1917, especialmente en lo que se refiere a los ejes centrales de su ideología revolucionaria.

El laicismo y la gratuidad en la educación languidece por dos factores interconectados. Los mexicanos hemos deteriorado persistentemente el sistema educativo mexicano haciéndolo poco atractivo para todo padre de familia que pretende lo mejor para sus hijos. El creciente número de escuelas confesionales que tienen mejor oferta pedagógica y mayor contaminación ideológica tiene un doble efecto: Por un lado, el distanciamiento del concepto de la educación laica, mientras que, por el otro, se incrementa la brecha entre los mejores preparados, que provienen de las clases económicamente mejor situadas, y los pobres que salen con una preparación defectuosa. Los cuadros del poder del futuro están así preestablecidos desde el punto de vista de clase.

Simultáneamente, se ha deteriorado el espíritu del articulado en defensa de la soberanía de recursos naturales y la protección a los derechos de los trabajadores. Estos fenómenos no se han dado de sopetón. La Constitución mexicana ha sido sometida cada sexenio a los cambios radicales y los retoques cosméticos que han sido dictados por el poder casi omnímodo del Presidente en turno.

Por eso, en esta celebración, múltiples críticos del debilitamiento de la Carta Magna piden, como Andrés Manuel López Obrador, un retorno a los principios que la inspiraron, especialmente en sus partes más progresistas, para restituir su función de propiciar el ambiente de convivencia de todos los mexicanos.

Con frecuencia acudimos a la comparación con la Constitución de Estados Unidos. Un breve documento que reúne los principios básicos de esa convivencia ha sufrido solamente trece o catorce enmiendas en toda la historia. La Suprema Corte de Justicia se encarga de evaluar situaciones que van evolucionando con el tiempo y estableciendo jurisprudencia, aplica la ley. En México, la ley suprema se modifica al antojo menoscabando su supremacía.

A México le urge una nueva Constitución. Más breve, sencilla, clara, accesible y rotunda que la haga prácticamente inviolable y que dificulte su modificación a modo del cliente.

Ese nuevo instrumento legal tiene que traer aparejada la transformación de los otros lineamientos legales de la convivencia, urgentemente, ya que los procesos y leyes electorales están demostrando su debilidad e inoperancia en este crucial año de elecciones en nuestro país.

Inevitablemente.