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Difícilmente podríamos imaginar a dos naciones más dispares y diferentes que Egipto y Grecia, y sin embargo tienen mucho más en común que el simple hecho de haber acudido a las urnas este fin de semana para jugarse sus respectivos destinos.
Staff
junio 18, 2012, 5:15 pm

Gabriel Guerra

(Internacionalista)
EL UNIVERSAL

Difícilmente podríamos imaginar a dos naciones más dispares y diferentes que Egipto y Grecia, y sin embargo tienen mucho más en común que el simple hecho de haber acudido a las urnas este fin de semana para jugarse sus respectivos destinos.

Comparten también el que la decisión de sus ciudadanos en las votaciones afecta no sólo a sus propios intereses, sino a los de la región a la que pertenecen: para el Medio Oriente lo que suceda en Egipto es o puede ser fundacional; mientras que los griegos tienen en sus manos el destino de Europa y posiblemente del resto del mundo.

La primavera árabe, que comenzó en Túnez, no podría haber sido completa sin la caída del régimen del dictador egipcio Hosni Mubarak. Por la importancia relativa de Egipto en el mundo árabe; por el papel de liderazgo regional que alguna vez tuvo; por el simbolismo histórico de pirámides y faraones; por figuras míticas para la guerra o la paz como Nasser o Sadat; por todo eso lo que sucediera en Egipto resultaría determinante para la ruta de las reformas o la represión, de la apertura o la cerrazón frente a reclamos populares en el mundo musulmán.

Lo que comenzó el 25 de enero del año pasado en El Cairo de manera vertiginosa, forzando la renuncia de Mubarak apenas 18 días más tarde, se volvió lento, confuso y tortuoso. Hoy, 16 meses después, llega a un fin incierto. Mientras escribo estas líneas no hay noticias aún del resultado de la elección entre los dos finalistas que representan dos extremos que tal vez la mayoría de los manifestantes jamás imaginó como su probable futuro.

Lo que preocupa es la intervención de última hora de la gobernante junta militar y de la suprema corte egipcias.

Este golpe de Estado disfrazado pone en riesgo la transición egipcia hacia la democracia y podría terminar convenciendo a muchos, dentro y fuera de ese país, de que el único camino para el cambio es el de la violencia y la confrontación. Los generales egipcios juegan con fuego.

Lo hacían también los ciudadanos griegos que tuvieron que elegir entre dos opciones, una más afín a aceptar la necesidad y los términos de un rescate financiero masivo por parte de la Unión Europea, y la otra que se oponía a las condiciones que un paquete así implicaría necesariamente. Los mercados financieros observaban el desenlace con preocupación, pero no sólo ellos: si Grecia abandonara el euro las consecuencias de un efecto en cascada serían devastadoras para el mundo.

Al final parece haberse impuesto el sentido común, con la apretada victoria del partido Nueva Democracia y su dirigente, Antonis Samaras, quien parece dispuesto a mantener a su país dentro del proyecto europeo y a pagar las consecuencias de ello. Muy pronto para cantar victoria, pero parece un paso en la dirección más sensata.

De un lado prenden cerillos, del otro los apagan, pero la gasolina sigue regada por doquier. A tener cuidado.

Twitter: @gabrielguerrac