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Desde luego que un desequilibrio mental en un candidato presidencial de Estados Unidos no debe sorprender ni descalifica a un orate para ganar unas elecciones.
FELIX CORTES CAMARILLO
agosto 4, 2016, 7:09 am

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El presidente Barack Obama fue, digamos, políticamente correcto. O al menos lo intentó cuando el otro día dijo que Donald Trump era inadecuado, incompetente, para ocupar la Presidencia de su país. Está “tristemente impreparado”, agregó el moreno. Michael Bloomberg, el también empresario, también millonario y también político —fue alcalde de Nueva York— lo había dicho en la Convención Demócrata una semana antes: “Elijamos a una persona cuerda, competente”.

El asunto de la salud mental del candidato republicano a la Presidencia de Estados Unidos se ha convertido en un tema de discusión abierta y cerrada. Karen Bass, diputada por California, inició la cruzada #DiagnoseTrump, en donde insiste en que la salud mental de un potencial presidente del país más poderoso del mundo debe ser de la incumbencia de todos.

La revista The Atlantic fue fundada en 1875, en Boston, como una revista intelectual y crítica con el nombre de The Atlantic Monthly. En su más reciente número, Dan P. McAdams emprende un análisis de la personalidad de Trump y sus deficiencias de carácter y conducta. Lo menos que encuentra es un profundo narcisismo, sentido de grandeza y profunda vocación a ser desagradable. La revista Vanity Fair comparte el diagnóstico. Marc Singer, cuando escribía para la prestigiada revista The New Yorker un perfil del hoy candidato, trató de llevarlo a una autodescripción, lo que ve cuando se enfrenta por la mañana en el espejo, y le dijo que a quién consideraba la mejor compañía posible: a un pedazo de culo, fue la críptica respuesta.

En el Washington Post, Eugene Robinson no se anduvo con rodeos: estoy convencido de que está simplemente loco. Steven Hayes , en la conservadora revista The Weekly Standard fue más allá; Trump está loco y el Partido Republicano carga con esa locura. Nada más grato a los oídos de los mexicanos, que nunca tuvimos dudas de que su paranoia, histeria, esquizofrenia y agresividad tenían desde luego algo que ver con la química cerebral que anda sin duda un poco desequilibrada.

Desde luego que el hecho de un desequilibrio mental en un candidato presidencial de Estados Unidos ni debe sorprender ni descalifica a un orate para ganar unas elecciones. Hay estudios diversos sobre la conducta de los presidentes norteamericanos; la revista Psychology Today afirma que la mitad de los presidentes de Estados Unidos entre 1776 y 1994 tuvieron problemas mentales. Madison y Lincoln sufrían depresión; Jefferson y Grant desorden de ansiedad. Johnson y Roosevelt eran bipolares y maníacos. Tal vez sea que al final del día, el presidente de un país está sujeto a sufrir los mismos males que predominan en sus gobernados.

Bien, Trump está loco. Estamos de acuerdo. Solamente que Mussolini y Hitler no andaban muy bien de la azotea.

Y miren cómo le fue al mundo.

PILÓN.- La amenaza de la iniciativa privada, a través de algunos de sus entes, de presión de parar si el gobierno no ejerce la autoridad y la fuerza para poner en orden a los maestros de la disidencia puede parecernos muy simpática y justa, pero es ilegal. Sobre todo, porque para la iniciativa privada, parar significa dejar de pagar impuestos. Presentaremos declaraciones en cero ingresos, dicen. Lo pueden hacer, les vamos a aplaudir; creemos como ellos que el gobierno ha sido tratado como jerga de limpieza por los dirigentes magisteriales.

Aunque los empresarios piden que se use la fuerza, pero nomás tantita —hay que madrearlos pero que no se note—, tienen el aplauso del populacho no magisterial. Nada más que el presentar una declaración de impuestos con datos falsos es una violación a la ley.

De la misma manera que no se puede combatir al crimen con otro crimen, la falta de respeto a la ley no puede acabarse violando otra ley.