La Carpeta:
1 de 10
 
Era el jueves pasado a las 11 de la mañana. Policías y reporteros estábamos en la entrada del Instituto Federal Electoral a la espera de los chicos del movimiento #YoSoy132 que vendrán a entregar una petición para que el segundo debate de los candidatos a la Presidencia se transmita en cadena nacional...
Staff
junio 5, 2012, 6:54 am

Guillermo Osorno

El Universal
guillermosorno@gmail.com
@guillermosorno

Era el jueves pasado a las 11 de la mañana. Policías y reporteros estábamos en la entrada del Instituto Federal Electoral a la espera de los chicos del movimiento #YoSoy132 que vendrán a entregar una petición para que el segundo debate de los candidatos a la Presidencia se transmita en cadena nacional, y para que haya un tercer debate, como una de las demandas, entre otras, a favor de la democratización de los medios. El edificio del IFE, para quien no lo conoce, es un búnker en una de las esquinas más hostiles para el peatón, y por eso, para las manifestaciones públicas: el cruce del anillo periférico y el viaducto Tlalpan (¡Alabado sea el coche!).

Acá, la banqueta era tan estrecha, que con dificultad caben dos personas que caminan juntas. Además, el piso estaba levantado por una obra del Gobierno del Distrito Federal. Un puesto de periódicos frente a la puerta del IFE servía también como tienda de tortas y refrescos haciendo aún más estrecho el paso. Los manifestantes se estaban juntando del otro lado de la calle, en un pequeño parque-camellón cubierto de árboles y dejado de la mano de Dios.

Mientras se fueron reuniendo los chicos, los trabajadores del DF seguían cavando el hoyo. Uno dijo:

—Al rato van a decir que esto es un complot.

Saúl Alvidrez, ojeroso estudiante del Tecnológico de Monterrey, comenzó a leer en el parquecito-camellón el comunicado que iba a entregar al IFE. Decenas de periodistas lo cercaron. Al terminar, pidió a los medios que se hicieran a un lado. Los chicos tenían que deliberar. Pero los periodistas parecían imantados por los de #YoSoy132. Si ellos se movían, la prensa se movía. Y ante cualquier sonido de su voz, las cámaras y los micrófonos se volvían a encender.

Una comitiva entraría al IFE a dejar la petición al consejo general. Los chicos cruzaron la calle. Alrededor de la reja gris del IFE se hizo una bola. Los guardias de la entrada dialogaron con los chicos. Entraría una comitiva. Los guardias pidieron identificaciones. La puerta se abrió. Entró un chico, otro más, pero de la nada, una señora que se fue abriendo paso a codazos y empujones se interpuso en el camino, impidiendo el paso de la tercera persona de la comisión.

—Vengo a trabajar —dijo la señora–. Yo no soy 132.

La señora tenía poco más sesenta años. Estaba vestida con pantalones rojos, tacones, blusa blanca y roja. Tenía el pelo pintado de castaño. Llevaba unos lentes oscuros sobre la cabeza. El guardia había intentado cerrar la puerta, pero la señora había logrado meter el hombro y el pie derecho. Se hallaba absurdamente atorada, interrumpiendo el paso del estudiante que faltaba.

—Tenga criterioooo —gritaba la señora al guardia de la entrada— vengo a trabajar.

Alguien gritó.

—Señora. Muévase. Es la hora de los muchachos.

Pero la señora no hizo caso.

Los guardias condujeron al estudiante que faltaba por entrar y lo metieron por otra puerta. Luego, esa otra puerta se abrió y el resto de los estudiantes entraron a la explanada del Instituto Federal Electoral, donde se concentraron y gritaron consignas.

Veinte minutos después, pasé de nuevo frente a la puerta de entrada. La señora, como otras cosas de la política nacional, estaba acalorada, no quiso dar un paso atrás y seguía allí atorada.