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El movimiento estudiantil #YoSoy132, aunque se quiere revolucionario, entra todavía en el sistema de confort del Estado mexicano: no pide un cambio de régimen, pide un cambio en el régimen: libertad de expresión, transparencia, rendición de cuentas gubernamental y privada, fin a la corrupción pública y privada. En una frase: pide que el simulacro de democracia se convierta en democracia real.
Jose Jaime Ruiz
junio 5, 2012, 7:25 am

El movimiento estudiantil #YoSoy132, aunque se quiere revolucionario, entra todavía en el sistema de confort del Estado mexicano: no pide un cambio de régimen, pide un cambio en el régimen: libertad de expresión, transparencia, rendición de cuentas gubernamental y privada, fin a la corrupción pública y privada. En una frase: pide que el simulacro de democracia se convierta en democracia real.

La irrupción de lo virtual en lo real ha hecho que la red social se convierta en movimiento social porque los mapas virtuales por donde transitan los jóvenes han devenido en territorio, han encarnado en manifestaciones frente a los verdaderos centros de poder, como las instalaciones de Televisa.

El #YoSoy132 es la afirmación de Ser-En-El-Mundo: el afirmarse como disidencia no niega la autoridad; al contrario, la afirma, pero desconoce sus métodos de cooptación y de connivencia. Lo que empieza como petición se vuelve exigencia y se convierte en un poder fáctico frente al abuso de los poderes fácticos en México.

En una tierra devastada y con miedo, la exaltación juvenil ha demostrado que las estructuras de poder no son tan sólidas como se pretende. La lenta y maquinal construcción del candidato Enrique Peña Nieto ha sido resquebrajada por la protesta de los estudiantes por dos vías: su exposición de debilidad (los acontecimientos de la Ibero) y la crítica a los instrumentos, a las herramientas de su construcción (las marchas contra Televisa).

Unos muchachos indignados han socavado la piedra de fundación donde se erige el poder en México, es decir, en el amasiato del poder político y el poder económico. Una generación (des)ideologizada ha dado en el clavo al emerger como poder ideológico no esta o aquella teoría de izquierda o fascista, sino la pura crítica como actitud postcontestataria.

Asistimos a un movimiento pragmático, no a un movimiento revolucionario en el sentido que Octavio Paz daba al término revolución: “Las diferencias entre el revoltoso, el rebelde y el revolucionario son muy marcadas. El primero es un espíritu insatisfecho e intrigante, que siembra la confusión; el segundo es aquel que se levanta contra la autoridad, el desobediente o indócil; el revolucionario es el que procura el cambio violento de las instituciones”.

Paradójicamente, #YoSoy132 se levanta contra la autoridad para restablecer la autoridad, es decir, que el poder sea un poder “autorizado”. Canceladas las utopías, lo que se pide ya no es lo imposible: se pide lo posible: la esperanza inmediata. “Para que haya revuelta, la figura de la opresión debe ser fuerte; si no lo es, la revuelta se vuelve vacía” (Ikram Antaki), porque “no se puede convencer a ningún hombre de que crea en el ‘espíritu de la utopía’ o en un ‘principio de esperanza’, si él no descubre en sí mismo ni experiencia ni motivos que llenen de sentido estas expresiones” (Sloterdijk).

En un territorio devastado y desolado, en una época de desmoralización, el aire mesurado de las propuestas universitarias devuelve un poco de oxígeno, y de aliento, a los mexicanos. Las peticiones de los estudiantes no son sólo una exigencia social; son, ante todo, una exigencia moral.