1

A veces, por ayudar a un paciente a respirar mejor, a que reciba los medicamentos intravenosos, un médico comete torpezas. No son desatinos voluntarios, desde luego. Y en cierta manera se comprenden. Operan a mi sobrino y le intentan colocar un catéter y un succionador. Lo picotean 14 veces alrededor de la yugular. Fueron los piquetes de un enjambre de estulticia, de falta de destreza clínica. Finalmente el anestesiólogo desiste. ¡Qué bueno! Resulta hasta peligroso perseverar en el error. Entra uno al hospital por una dolencia en las extremidades inferiores, y sale con nuevos padecimientos, otras formas que tiene la naturaleza, o el destino, o la mala suerte, de torturar menores. La felicidad es una sola; la calamidad, en cambio, se viste de mil maneras, usa cientos de combinaciones; es un caleidoscopio tétrico.

2

Justo al salir de otra cirugía, mi sobrino recibió en el hospital a un gran amigo nuestro, un actor teatral estupendo de Monterrey  y un hombre con una gran sensibilidad y humanismo: Francisco De Luna. Platicamos de muchas cosas: de teatro (disciplina donde es figura notable), de cultura, de cocina vegana, de Fray Servando Teresa de Mier, de la salud y la enfermedad, de lo divino y lo humano: de la amistad. Y de Dios.

3

Uno aprende en los ratos malos, en los cuartos tristes de los hospitales, como mi sobrino y yo, a tener talento para vivir. No es fácil. Está canijo. Pero cuando no nos queda más que nadar a la superficie, se comienza a dar brazadas y aletazos. Primero a lo bruto. Después con una técnica aprendida quién sabe dónde. Ni modo. Nos han salido mal algunas cosas, pero hay que darle duro. Contra la tristeza seamos inconformes, rebeldes y desobedientes. Y sigamos el lema que ya es nuestro grito de batalla hospitalario: “no te entretengas en el dolor”.

4

Hace rato tuvimos una nueva crisis. A mi sobrino se le colapsaron los pulmones. Bajó la saturación a cifras alarmantes. Angustia por oxigenar. Rápido encendido del succionador (estaba apagado), del catéter (estaba tapado); neumólogos, cardiólogos al teléfono, instrucciones del cirujano ortopedista, enfermeras revisando signos vitales. Mi hermano médico, el padre, salvando a nuestro crío. Se aleja la nube negra flotando sobre nuestras cabezas. De nuevo la ansiada, anhelante normalidad. Se hace la luz.