Niña, quítame los ojos

Para no ver lo que no tiene solución,

Lo que no tiene solución

Botellita de Jerez, Niña de mis ojos

El suicidio es uno de los actos humanos más difíciles de explicar porque es de los más difíciles de entender: pertenece a esas decisiones que aspiran a la categoría de absolutos, convirtiéndose así en inciertos. Cataliza las opiniones; se glorifica o se condena de manera indiscutible. Se necesita muchos huevos para quitarse la vida, suele decirse, mientras admitimos que en ciertas circunstancias, para seguir viviendo se requiere de un valor enorme.

Armando Vega Gil, bajista, compositor y fundador del afamado grupo Botellita de Jerez, hoy en proceso de extinción, manifestó su enorme valor o su tremenda cobardía y se colgó de un árbol frente a su casa de la ciudad de México.

Lo importante en este caso son las circunstancias que rodearon su muerte, tal como lo explicó en una larga carta de despedida enviada poco después de tomada su decisión.

El asunto es que en las muy populares redes llamadas sociales, un anónimo colectivo amparado en la contraseña #MetooMusicaMx puso en circulación una acusación igualmente anónima de una mujer que afirmaba haber sido acosada sexualmente por Armando Vega Gil hace 14 años, cuando ella tenía supuestamente 13 años. La reacción que el músico esgrime es que su vida profesional está arruinada y su vida personal detenida y sin salida, sin más qué hacer que suicidarse, dejando un hijo de ocho años sin padre.

Podría discutirse el carácter explosivo y temperamental del también compositor y cineasta: aparentemente a él no le importó si el hecho imputado era cierto o no, sino la reacción que la denuncia habría provocado.

Lo indiscutible es el tremendo peligro social en que las famosas redes se han convertido a raíz de la impunidad que las cobija. Cualquier persona puede lanzar a las redes cualquier tipo de acusación sobre conductas erróneas, equívocas, criminales, abusivas o intimidantes de cualquier persona sin necesidad de aportar prueba, testimonio o sustento alguno de lo que se afirma. Además, sin dar a conocer la identidad del denunciante.

Naturalmente que los señalados afirmarán siempre su inocencia: lo prueben o no, el daño a su fama pública está inducido, y depende del que quiera creerlo o no si se le condena socialmente o se le absuelve. Dependerá luego de la sensibilidad individual de los denunciados la respuesta que den al denuesto. Es la historia de la calumnia, nada reciente: calumnia, calumnia, que algo queda, dice el clásico.

Acaso lo peor es que no hay remedio para este mal, porque el remedio sería peor de la enfermedad. Lo único que podría poner coto a esa práctica criminal de la acusación falsa sería la supresión de toda libertad para exponer cualquier hecho, opinión, juicio o elogio.

El peso de cada uno será el juicio de cada quién.

PILON.- Terminé de ver en Netflix la oportunista serie de ocho capítulos sobre el asesinato de Luis Donaldo Colosio a 25 años de consumado el atentado. Nada del otro mundo, que pudiera acercarse a la calidad de realización e inteligencia de diseño dramático como House of Cards o Downton Abbey. La serie Colosio pretende narrar el entorno y a visión de su viuda, Diana Laura, con cuya muerte aparejada a la frustración por lo manoseado de la investigación del asesinato concluye la serie. Fuera de la protagonista, el resto de los personajes está muy mal caracterizado, al grado de que fue necesario ponerle letreros identificando a Ernesto Zedillo, José Córdoba, Raúl Salinas o el procurador Miguel Montes. El único que es identificable fue el sospechoso principal, Carlos Salinas de Gortari; porque toda la trama indica a que Colosio murió víctima de un crimen de Estado con la complicidad de varios protagonistas y el encubrimiento de los encargados de investigar.

Lo que llama mi atención es que ninguno de los personajes o instituciones –en primer lugar, el PRI– implicadas en este complot han alzado la voz para protestar por el tratamiento de sus historias.

Tal vez el que calla otorga.

felixcortescama@gmail.com

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